Juan de Dios Peza: padre y madre

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Alejandro Rosas

Le rompieron el corazón y su vida cambió por completo. De pronto estaba solo. Ni la poesía, ni sus escritos, ni sus romances históricos menguaron el dolor de la soledad. Solo y su alma. Solo y con tres hijos. Solo frente al abismo. Buscó explicaciones, odió a la mujer, intentó comprenderla, pero no encontró razones. Sin embargo, frente a la devastación tuvo un momento de lucidez, tomó un respiro y encontró refugio en su propia familia.

     Juan de Dios Peza (1852-1910) no fue el mismo después de que Concepción Echegaray, su esposa, lo abandonara. Un buen día se marchó y atrás quedaron esposo e hijos. No volvió a ser el mismo. “Al abandonarlos ella –escribió Isabel Quiñonez-, cambia una de las temáticas de Peza, el erotismo cede la escena al interior de la casa donde los protagonistas son el padre, el abuelo, los hijos”.

     Amigo de Manuel Acuña, conocido por el círculo de intelectuales de finales del siglo XIX –Altamirano, Ramírez, Sierra, Gutiérrez Nájera, Prieto, Riva Palacio-, periodista, poeta, cronista y por momentos hasta historiador, la carrera de Juan de Dios Peza en las letras mexicanas iba en ascenso cuando contrajo matrimonio con Concepción Echegaray en 1877. Al año siguiente, ya siendo un poeta célebre, marchó a España, con su esposa, como segundo secretario de la Legación Mexicana. Allá nacieron sus tres hijos: Concepción, Margarita y Juan, pero antes de 1884, Concepción decidió marcharse.

     La dolorosa separación fue cubierta con un velo de misterio. Resultaba insólito que la mujer dejara el hogar, pero frente a la difícil situación, Juan de Dios asumió el doble papel: fue padre y madre de sus hijos, los crío, los educó, los acompañó en cada momento y en esos terrenos que parecían desconocidos para un hombre de finales del siglo XIX, encontró un nuevo camino para su vocación literaria: el hogar, el terruño familiar, la vida cotidiana al lado de sus hijos.

     Sin saberlo, su obra Cantos del hogar (1884) escrita a partir de su amarga experiencia, le otorgó una fama sin precedentes. “Durante su juventud había cantado al amor –señalaba la nota necrológica publicada el 17 de marzo de 1910 en El Imparcial- con lánguidos e insinuantes acentos; había cantado a la Patria con ardientes y viriles voces; pero nunca supo hallar expresiones tan cordiales, frases tan dulces, palabras tan enternecedoras como cuando, herido en la plenitud de la vida por el sufrimiento, cantó su amor de padre y nimbó, con la aureola de una poesía sincera, triste y resignada, las infantiles cabezas de sus hijos. Allí tiene Juan, en esos admirables cantos, la grandeza de la resignación, del deber y de la piedad. Allí se revela su alma acongojada, ensangrentada, herida, pugnando por serenarse, para hacerse límpida y sana para que en ella se bañen, como claro remanso, las inocencias de sus niños”.

Al terminar la década de 1880, Juan de Dios Peza ya recibía el apelativo del “cantor del hogar y de la patria”. No le falló a sus hijos y no descuidó su talento. Concepción se casó y le dio cuatro nietos que el abuelo mimó con desparpajo; Margot “la espiritual y dulcísima Margot”, ingresó a las Hermanas de la Caridad en París consagrada al servicio de los niños enfermos y Juan contrajo nupcias con una prima suya; vivió “consagrado al trabajo con la estimación de cuantos le conocieron”.

     Hacia el final de su vida, Juan de Dios Peza podía sentirse satisfecho por la mejor de sus obras: sus hijos. Su poema “Novia, Esposa, Madre”, dedicado a su hija Concepción, es sólo un atisbo de lo que fue su vida:

“Vestida de blanco/ te conduje al templo,/ y te di al esposo/ que eligió tu pecho./ Margarita a un lado/ y yo al otro extremo,/éramos padrinos/ de aquel Sacramento…/ Asida del brazo/ de tu compañero,/ ya unidas sus almas/ en un solo anhelo…/ En la tarde el viaje/ y tu ausencia luego,/ y por más de un año/ viviste muy lejos./ En tan largos meses/ yo sufrí en silencio,/ porque para un padre/ la ausencia es infierno./ ¡Y noche por noche!/ Te miré en mis sueños,/ vestida de blanco/ cual te vi en el templo./ ¡Qué largas mis horas!/ ¡Los meses qué lentos!/ ¡Para ti, de dicha!/ ¡Para mí, de duelo!/ Al fin regresaste;/ te miré de nuevo,/ y a poco en mis brazos/ arrullé a mi nieto./ Endulzó mis horas/ con mimos y besos,/ y encontré en su rostro/ y en su ser entero,/ a la misma niña/ que en hispano suelo/ fue mi primer culto/ y mi amor primero”.

     Juan de Dios Peza no volvió a casarse; murió en 1910, en paz, acompañado por su familia a quien le había entregado su vida.