José María Iglesias

La era liberal - Hechos

""O soy el representante de la legalidad, o no soy ni quiero ser nada"" declaró el Presidente de la Suprema Corte de Justicia, José María Iglesias. Su posición era tajante: el máximo tribunal de la nación no reconocería ni la reelección de Sebastián Lerdo de Tejada -resultado de un escandaloso fraude electoral- ni mucho menos al gobierno que surgiera del posible triunfo de la rebelión de Tuxtepec encabezada por el ambicioso Porfirio Díaz.

Por mandato de ley y en su calidad de vicepresidente -así lo tenía previsto la Constitución de 1857- Iglesias debía asumir el poder ejecutivo interinamente, convocar a nuevas elecciones y sofocar el levantamiento del caudillo oaxaqueño. Era el único camino para mantener la legalidad y el orden constitucional. A través de un manifiesto donde fundamentó jurídicamente su proceder, -expedido en Guanajuato- Iglesias asumió la presidencia de la república. Pero ni Lerdo, que seguía considerándose el presidente, ni Díaz, el rebelde, le dieron importancia al notable jurista: ambos estaban dirimiendo sus intereses personales en el terreno de las armas, uno por mantenerse en la silla presidencial, el otro por alcanzarla.

Don José María nunca había mostrado apego alguno por los cargos dentro de la administración pública. Los consideraba efímeros, incluso la presidencia. Lo movía una verdadera vocación de servicio. De ahí que alzara la voz para defender los principios, las ideas, el espíritu de la ley. Era un liberal en el más amplio sentido del término y por encima de la amistad o de su beneficio particular, siempre mostró una ""perfecta independencia en el ejercicio de sus funciones"".

Con la misma libertad había transitado por los diversos peldaños de la vida pública. Abogado, profesor de física y derecho, periodista, escritor, diputado, ministro, magistrado de la corte. Su amplio conocimiento en los negocios de la nación -hacienda, Asuntos eclesiásticos, gobernación-, gestado con el paso de los años, había iniciado en el terrible año de 1848, cuando se opuso a la firma de los tratados de Guadalupe-Hidalgo -que significaron para México la pérdida de más de la mitad de su territorio. Creía en la fuerza de la pluma, y sabía utilizarla. Fue redactor en jefe de uno de los periódicos más prestigiados de la era liberal: El Siglo XIX, y coautor de los Apuntes para la guerra entre México y Estados Unidos, -visión crítica del conflicto escrita por varios intelectuales de la época.

Miembro de la generación de la Reforma, fue ministro del presidente Comonfort y en abril de 1857 expidió la ley sobre obvenciones parroquiales, cuyo objeto era eliminar el pago de los derechos por nacimientos, matrimonios y entierros que la iglesia cobraba a los pobres. Combatió a los conservadores a través de sus artículos periodísticos. No necesitaba más para defender al liberalismo. Durante los difíciles años de la intervención francesa, sin llevar carácter oficial alguno, Iglesias acompañó a Juárez y a la república en su peregrinación hasta los confines del territorio y con ella regresó triunfante.

Con el mismo ánimo sorteó los primeros años de la república restaurada sirviendo en las distintas administraciones de don Benito. En 1873 alcanzó la presidencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y tres años después se encontró inmerso en la última revolución del siglo XIX, como presidente interino y sin muchas posibilidades de éxito:

""Si el general Díaz llegara a dominar la República por la fuerza de las armas -escribió Iglesias-, sería simplemente un soldado afortunado cuyo imperio, más o menos largo, carecería siempre de solidez, de justicia, de legalidad, atributos que acompañarían en la última desgracia al funcionario designado por la Constitución para ejercer la suprema magistratura de la República"".

Con la derrota y exilio de Lerdo de Tejada, don José María supo que el tiempo de la legalidad llegaba a su fin y que los días de su gobierno estaban contados: Porfirio jamás reconocería su investidura presidencial. No tuvo tiempo de organizar su gabinete. Ante el avance de las tropas porfiristas abandonó el país a fines de enero de 1877. Salvaguardar el orden constitucional ""tal fue mi único propósito tal el móvil único de mi conducta"" -escribiría en el destierro. Su vida pública y sus principios políticos, sin embargo, habían sido definidos con una palabra: coherencia.

""El señor Iglesias se mostraba correcto en todo -escribió Antonio Albarrán-, en su exterior, en sus palabras y en sus acciones. Correcto en la vida pública, correcto en la vida social, correcto en la vida de familia. Nada había en él que mereciese un fundado reproche, ya se fijase la atención en su modo de vestir, decente y cuidadoso, aunque sin afectación; ya en sus palabras, siempre mesuradas; ya en sus acciones, siempre dignas"".