Iturbide: Consejos paternos

La época de la anarquía - Vida Cotidiana

Le pareció buena idea volver a México tras una ausencia obligada de 2 años; le pareció buena idea también, hacerse acompañar por su esposa en la travesía atlántica, a pesar de su embarazo -él décimo en 19 años- y por sus dos hijos menores. Desestimó que los republicanos lo odiaban y muy pocos de sus antiguos partidarios lo extrañaban. Su soberbia era más grande que su juicio y esperaba que el pueblo aplaudiera a su libertador después de una temporada en el exilio.

Luego de navegar cuarenta y nueve días, el Spring llegó a las costas Golfo de México con la familia Iturbide a bordo. El 14 de julio de 1824 la embarcación echó anclas en Soto la Marina, y al día siguiente el otrora emperador, desembarcó. Antes de tocar tierra, se despidió de Ana, su esposa, y de sus hijos.

No fue una despedida cotidiana, Agustín de Iturbide (1783-1824) se encontraba ansioso y su mujer preocupada, la confianza de él era incertidumbre en ella, a ciencia cierta no sabía cómo lo recibiría la gente. Ninguno de los dos imaginó que sería la última vez que se verían. En las siguientes horas Iturbide fue aprehendido y el 19 de julio murió frente al pelotón de fusilamiento.

 Las últimas líneas que doña Ana recibió de su esposo fueron muy parcas: ""Dentro de pocos momentos habré dejado de existir… busca una tierra no proscrita donde puedas educar a nuestros hijos en la religión que profesaron nuestros padres, que es la verdadera… recibe mi reloj y mi rosario, única herencia que constituye este sangriento recuerdo de tu infortunado Agustín"".

Frente a su soberbia y la gloria efímera, parecía que Iturbide no tenía corazón para nadie, mas que para sí mismo, y sin embargo, un par de meses antes de zarpar hacia México, en abril de 1824, en un momento de reflexión, le escribió a su hijo mayor, Agustín, desde lo más profundo de su alma:

""A tiempo mismo que mi espíritu es más débil, conozco que la Providencia divina se complace en probarme con fuerza: sí, hijo mío, quisiera entregarme a meditaciones y a cierto reposo, cuando los deberes me impelen y el amor me obliga a hablar, porque nunca necesitas más de mis consejos y advertencias, que cuando no podrás oírme"".

Y a continuación le escribió largamente sobre al vida, sobre la manera en que debía madurar, afrontar el porvenir, construirse plenamente, cultivar las virtudes y ser un buen hombre. Era una serie de consejos para la vida, presintiendo quizás que no lo volvería a ver.

""Te hallas en la edad más peligrosa, porque es la de las pasiones más vivas, la de la irreflexión y del mayor presunción; en ella se cree que todo se puede, ármate con la constante lectura de buenos libros y con la mayor desconfianza de tus propias fuerzas y de tu juicio. No pierdas jamás de vista cuál es el fin del hombre estando firme en él, recordándolo frecuentemente, tu marcha será recta: nada te importe la crítica de los impíos y libertinos. Ocupa todo el tiempo en obras de moral cristiana y en tus estudios: así vivirás más contento y más sano. La virtud y el saber son los bienes de valor inestimable que nadie puede quitar al hombre. -Procura tener por amigos a hombres virtuosos e instruidos, porque en su compañía siempre ganarás…"".

Fue un consejo, el último que le dio Iturbide a su hijo.