Invasores en la capital, 1847-1848

La época de la anarquía - Hechos

A fines de 1847, Lucas Alamán, quien era -desde julio de 1826- apoderado en México de los bienes del duque de Terranova y Monteleone, descendiente del conquistador Hernán Cortés, le escribió lo siguiente:

 

El día 3 del próximo diciembre se completan tres siglos cabales de [la] muerte [de Hernán Cortés] ¿Quién hubiera podido pensar en aquella época que a los tres siglos de la muerte del gran conquistador, la ciudad que él saco de sus cimientos había de estar ocupada por el ejército de una nación que entonces no había tenido ni el primer principio?

 

Lapidarias palabras que en 1847 llegarían a resonar en la conciencia de todos los habitantes de la república. Un país que había nacido a la vida independiente tan sólo 26 años antes, con tres siglos de existencia real, con una extensión de más de 4 millones de kilómetros cuadrados y con 7 000 000 de habitantes estaba ocupado militarmente por un ejército invasor. La guerra había iniciado en mayo de 1846 y para el 14 de septiembre de 1847 el pabellón de Estados Unidos ondeaba en el asta del Palacio Nacional.

 

Desde su fundación, en 1521, y a lo largo de toda su historia, la ciudad de México había padecido realmente poco ante movimientos de orden social; algunos motines, una que otra conspiración fracasada, escasos desórdenes populares, nada grave. Ni siquiera la violencia desatada con la guerra de independencia atentó contra la ciudad capital; más habían padecido sus habitantes con inundaciones, epidemias u otros fenómenos naturales. Pero la guerra con Estados Unidos fue un acontecimiento inédito en todos los ámbitos.

 

Al iniciar el conflicto, la situación interna de México era desastrosa: gobiernos inestables, la hacienda pública en quiebra, intentos separatistas de algunos estados de la federación, cacicazgos locales, levantamientos militares y, sobre todo, no existía una clara conciencia de unidad nacional. La ambición estadunidense encontró las condiciones propicias para iniciar una guerra y obtener como botín más de la mitad del territorio nacional. La resistencia fue escasa y donde la hubo, ineficaz. El ejército extranjero avanzó rápidamente y en muchos lugares no disparó un solo tiro; el caso más notorio fue el del general Scott que, siguiendo la ruta de Cortés, avanzó desde Veracruz y llegó hasta Puebla sin encontrar resistencia alguna. La desunión era evidente. Años más tarde Alamán escribiría su juicio al respecto:

 

""Cuando en 1847 se verificó la invasión de la república por el ejército de los Estados Unidos... los invasores no sólo imitaron el ejemplo de Hernán Cortés, adelantándose temerariamente hasta el centro de la república, sin establecer un camino militar que conservase sus comunicaciones con su base de operaciones que era Veracruz, exponiéndose a ser cortados y del todo aniquilados en el primer revés que sufriesen; sino también, si la guerra hubiese continuado, iban a repetir el de presentarse al frente de la población indígena como vengadores de antiguos agravios y reivindicaciones de pretendidos derechos. Los jefes de aquel ejército que habían conocido las circunstancias del país a un golpe de vista, mucho mejor que los mexicanos, que en este punto parecen haber tomado empeño en cerrar los ojos a la luz de la verdad, se persuadieron fácilmente que ésta era la parte más vulnerable de la organización mexicana"".

 

La mayor resistencia que opuso el ejército a los estadunidenses fue tardía, llegó cuando éstos se encontraban en las garitas de la ciudad de México a punto de iniciar su última ofensiva. Del 19 de agosto al 14 de septiembre de 1847, batalla tras batalla, las defensas mexicanas fueron cayendo en poder de los estadunidenses: Padierna (19 de agosto), Churubusco (20 de agosto), Molino del Rey (8 de septiembre) y Chapultepec (13 de septiembre), todavía el día 14 la población civil presentó una infructuosa resistencia sin que pudieran evitar la ocupación total de la ciudad. A partir de ese momento, la sociedad capitalina vio trastocada su vida cotidiana.

 

El país era un caos. Con la ocupación estadunidense, la ciudad de México dejó de ser la sede de los poderes de la Unión. El gobierno decidió cambiar su lugar de residencia y se estableció en Querétaro, tratando de reunir al Congreso para iniciar las negociaciones de paz. El Ayuntamiento entregó la ciudad al general Scott, quien inicialmente tomó posesión de la capital con 7 000 u 8 000 hombres distribuidos en las garitas para evitar nuevos brotes de violencia como los sucedidos días atrás, cuando fueron recibidos a tiros por la población civil.

 

Eran medidas obligadas. Los rumores indicaban que dentro de la ciudad se preparaba un grupo armado de mexicanos, pero la experiencia de toda la campaña demostraba lo contrario, no habría nuevos intentos de combatir a los estadunidenses. Un teniente del ejército estadunidense anotó en su diario: ""una raza cobarde que no pudo defender su capital nunca hará algo así"". Su juicio tal vez no estaba equivocado, al igual que Cortés en 1521, tres siglos después -y también con un ejército no muy numeroso-, Scott había logrado someter a la otrora capital de la Nueva España y en 1847 se llamaba asimismo ""el conquistador de México"".

El general victorioso permitió que las autoridades estadunidenses y el Ayuntamiento de la ciudad coexistieran, no obstante las acaloradas y constantes discusiones que sostenían todos los días por los azotes que los estadunidenses solían aplicar a gente del pueblo por delitos considerados ""no"" graves. Como en la época colonial, se levantaron grandes picotas al oriente de la Alameda y en la Plaza de Armas, lugares en donde los delincuentes debían pagar sus delitos. Las protestas del Ayuntamiento no sirvieron de nada y el conflicto definitivo con los estadunidenses surgió cuando se trató el tema del alojamiento para las tropas extranjeras en detrimento de las propiedades mexicanas. Scott no dudó ni un momento y destituyó a la máxima autoridad política de la ciudad de México.

 

""A río revuelto, ganancia de pescadores"", reza un refrán popular. Con la destitución del Ayuntamiento, un grupo de hombres, algunos de los cuales habían pertenecido al gobierno mexicano en anteriores administraciones, conformaron una asamblea municipal que sirvió por completo a los estadunidenses y llegó al extremo del servilismo cuando los que componían la asamblea, no se limitaron a desempeñar sus funciones de legisladores, de jueces y de ejecutores, que se habían abrogado, sino que su abatimiento llegó al extremo de obsequiar al general Scott con un banquete en el desierto de los Carmelitas, brindando por los triunfos de las armas americanas en el valle de México.

 

Al conquistador de México le duró poco el gusto y su caída no tardó en llegar. Todo comenzó con la inconformidad de los generales Worth y Pillow, quienes acusaron a Scott de haber actuado con incompetencia en Molino del Rey. Rumores y difamaciones minaron al alto mando del ejército estadunidense. Durante cinco meses, los habitantes de la capital se regodearon con el escándalo. El gobierno estadunidense ordenó la formación de un tribunal de investigación, el cual destituyó a Scott del mando militar y su lugar fue ocupado por el general Butler, el 18 de febrero de 1848. El asunto tenía un trasfondo claramente político: el juicio, concluido en Estados Unidos, desprestigió la figura de Scott e impidió su ascenso a la presidencia cuando naufragó su candidatura frente a la de Taylor.