Ignacio Torres Adalid: notable benefactor

El Porfiriato - Hechos

Alejandro Rosas

No tuvo otra alternativa más que dejar atrás su emporio, construido durante treinta y seis años. Si los vendavales que soplaban sobre los llanos de Apan no lograron perturbar la vida cotidiana de su hacienda, los vientos revolucionarios acabaron con su próspera historia. Antes de abandonar México en 1914, don Ignacio Torres Adalid volvió la mirada por última vez sobre San Antonio Ometusco, su amada hacienda transformada por la revolución en un sangriento campo de batalla.

           En Cuba, don Ignacio se dispuso a bienmorir. Hacia 1914 alcanzaba los ochenta años de edad. Durante su estancia en la isla caribeña lo que más extrañaba eran aquellas cabalgatas recorriendo sus propiedades, cuidando los cultivos, supervisando la producción de pulque. Los peones llegaron a ver a su patrón asombrosamente angustiado al encontrar un maguey en malas condiciones. Era tal la fascinación por sus haciendas pulqueras que en varias ocasiones se le escuchó referirse con orgullo a los magueyes, como “mis vacas verdes”.

            Don Ignacio había logrado que San Antonio Ometusco fuera la hacienda pulquera más importante, próspera y exitosa del porfiriato. De sus barricas salieron millones de pesos “acumulados con puntillosa honradez y un trabajo tesonero –escribió Federico Gamboa-, que administra y aumenta sin ayuda de apoderados ni socios”. Aficionado al juego, al buen vivir y al derroche durante su juventud, al llegar a la madurez se entregó por completo al trabajo.

             Su carácter irascible y violento le permitió meter orden en la administración de sus haciendas y negocios, pero en el ambiente social de la ciudad de México mostraba un rostro diferente: el de la asistencia privada. “Es de suyo caritativo y generoso –continúa Gamboa-; mantiene con decoro y sin humillaciones a incontables familias; costea entierros de dependientes y menesterosos; educa y sostiene a huérfanos sin amparo; en una palabra, los centavos que iracundo pelea en juzgados y en sus cuentas con inquilinos, medieros, deudores y arrendatarios, él los cambia por pesos duros que liberal y cristianamente derrama entre los necesitados”.

            Asiduo visitante al Jockey Club, al hipódromo de Peralvillo, a la ópera y al teatro, don Ignacio gozó sin límites las mieles de la dictadura y se ganó el reconocimiento de propios y extraños.

             Pero como el lujo y la riqueza no podían hacerle compañía en su tránsito al más allá, en el exilio don Ignacio decidió, generosamente, dejar su fortuna a la beneficencia privada. Y en un acto voluntario y libre, toda su fortuna fue destinada a ayudar a los mexicanos más necesitados