Historias de conventos: Una manda

La época de la anarquía - Vida Cotidiana

Su construcción se había llevado setenta y siete años (1670-1744). La escasez de recursos, los trámites burocráticos y su ubicación frente al convento más importante de la Nueva España -San Francisco-, parecían obstáculos insalvables para su feliz culminación.

Gracias a don Francisco de Córdoba Villafranca, quien al no tener herederos donó sus bienes, las monjas de la orden del Salvador lograron mantenerse y dedicarse a su vida espiritual bajo un techo digno. Quizá por su origen casi milagroso, el convento de Santa Brígida estaba destinado a guardar historias asombrosas.

La Marquesa de Selva Nevada estaba felizmente embarazada. Poco antes de dar a luz en 1841, sufrió un ataque. Desconsolada por la triste suerte de la joven señora y su heredero, la familia decidió enterrarla en la iglesia del convento.

La mujer bajó al sepulcro ataviada con sus mejores joyas. El llanto invadió la soledad de la iglesia y el entierro fue consumado. No todos compartían el mismo dolor. El no muy piadoso sacristán se percató del tesoro que se encontraba sepultado en el interior de la iglesia y pensó que de nada le serviría a la difunta en el más allá. Esperó a la medianoche y en compañía de otro individuo violó la sepultura para extraer las joyas.

""Cuando trataba de arrancar a viva fuerza una sortija de uno de los dedos de la muerta -escribió Ramón Puente- la señora volvió en sí y rápidamente se dio cuenta del riesgo que corría de morir de verdad asesinada por sus asaltantes. Entonces tuvo la inspiración de ofrecerles a más de guardar el secreto, cuanto quisieran si la salvaban, y salvaban la vida del hijo que llevaba en su vientre. Esa oferta y una manda que por añadidura le prometiera a la Virgen de hacer sacerdote al fruto de sus entrañas si resultaba varón, le salvaron la vida"".

El Convento no corrió con la misma suerte. Años después la modernidad saqueó su historia y fue destruido para ampliar la calle de San Juan de Letrán. El niño en cambio tuvo un gran destino: llegó a ser obispo de Oaxaca y uno de los personajes más influyentes del porfiriato: Eulogio Gillow.