El gran hallazgo: la piedra del sol

La Nueva España - Hechos

Sandra Molina Arceo

Con sus 3.60 metros de diámetro y casi 25 toneladas, el llamado calendario azteca fue tallado durante el reinado de Axayácatl. No era calendario pero tampoco es correcto llamarla piedra del sol. Era un monolito realizado para una fecha sagrada: la ceremonia del fuego nuevo que se realizaba cada 52 años y con la que se conmemoraba el nacimiento del dios Tonatiuh.

Su posición original era horizontal, “evidencia de su diálogo permanente con el cielo y sus colores predominantes fueron el rojo –la sangre- y el amarillo ocre –el fuego solar-", señala el investigador Sergio Raúl Arroyo. 

Es probable que hubiera ocupado un lugar frente a Tezcatlipoca en el templo mayor de Tenochtitlan y que en su centro -un sol sediento mostrando una lengua asociada al cuchillo sacrificial- fuera depositario de ofrendas de sangre.

Cuando llegaron los españoles no la destruyeron, pero en 1559 decidieron sepultarla porque se cumplían otros 52 años del ciclo de los aztecas y si bien ya estaban sometidos, no querían dar pie a ritos paganos.

En 1790 la ciudad de México fue sometida a una modernización urbanística ordenada por el virrey segundo conde de Revillagigedo. Se llevó a cabo el primer reordenamiento de ambulantes, se limpiaron las calles, la plaza mayor, la plaza del marqués y la plaza del volador, y durante los trabajos de remozamiento se encontraron grandes piezas arqueológicas. En agosto fue descubierta la diosa Coatlicue que causó tal expectación entre la población indígena que comenzó a ser venerada de nuevo, por lo cual fue necesario enterrarla otra vez.

La piedra del sol estaba a flor de tierra, según refiere Antonio de León y Gama “casi tocaba la superficie de la tierra” y fue desenterrada en diciembre, cuando se realizaban los trabajos para las primeras atarjeas de la ciudad. Poco después se descubrió la piedra de Tizoc.

El visionario virrey estableció que se garantizara su conservación porque formaba parte de los “monumentos preciosos que manifiestan las luces que ilustraban a la nación indiana en los momentos anteriores a su conquista”. Así que fue colocada en el costado de la torre poniente de la catedral, lugar donde estuvo hasta 1887, cuando el gobierno de Díaz decidió trasladarla al Museo Nacional que se encontraba en la calle de Moneda y fue colocada en la galería de monolitos. Ahí permaneció hasta 1964, cuando se inauguró el Museo Nacional de Antropología, en el Paseo de la Reforma en donde permanece.