González de Alba: el otro 68

Literatura

¿Buenos comentaristas políticos, de esos que no atienden a militancias o ideologías y tiran el dardo ahí donde es necesario tirarlo? No faltan alternativas, pero si hay que elegir a uno, busquen a Luis González de Alba (Guadalajara, 1944). Fundador de La Jornada y de varios partidos políticos, entre ellos el PRD, columnista del diario Milenio, divulgador de la ciencia conocido sobre todo por la famosa columna La ciencia en la calle, narrador y poeta, es un acidísimo crítico de nuestras izquierdas que sin dejar de serlo no vacila en tirarse al cuello del priismo o de las posturas antiabortistas (suya es la idea envidiablemente irónica de que los bebés no deseados sean abandonados, a la antigua, en la puerta de una iglesia).

A él debemos el mejor de los retratos del movimiento del 68 no sólo en sus días de protesta y militancia, sino también en los posteriores, los de la prisión de Lecumberri, donde el autor purgó condena como líder estudiantil tras ser detenido el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas.

El retrato en cuestión es una novela testimonial o autobiográfica, Los días y los años, que ha sido reeditada una y otra vez desde que apareció en 1971, convertida en un pequeño long-seller que anuncia ya la postura digamos a contracorriente de González de Alba, expresada en varios contextos desde aquellas fechas. Y es que en estos temas, igual que al hablar de López Obrador, de Carlos Monsiváis -al que dedicó una diatriba feroz en la revista Letras Libres-, del aborto o los movimientos estudiantiles posteriores, el autor es, por decir lo menos, desconcertante, en el entendido de que esa expresión envuelve un elogio.

¿Fue el ejército responsable de la represión de los estudiantes? Sí, por razones obvias, y no: muchos soldados, de hecho, intentaron proteger a los manifestantes incluso a riesgo de perder la vida. ¿Fue el del 68 un movimiento de izquierda? En parte sí, como es asimismo obvio, y en gran parte no. Fue, más bien, un movimiento de ciudadanos generalmente jóvenes que estaban hartos de la pazguatería conservadora y mandona de un México que no admitía el sexo antes del matrimonio, los hombres con pelo largo o que se le hablara de tú a los padres. Un movimiento, pues, apolíticamente libertario, si tal cosa es posible.

Irónica y sobre todo de una ironía autoinfligida, eficaz en su ensamblaje narrativo, terriblemente lúcida, esta novela memorialística debería figurar, si no lo hace ya, en cualquier plan de estudios. Años después, en 2008, publicó una secuela, Otros días, otros años.