¡Eran otros tiempos!

El Porfiriato - Vida Cotidiana

Hace más de un siglo, la ciudad se veía diferente. No había contaminación y cotidianamente se alcanzaba a ver todo el valle: los volcanes, el paisaje natural, las montañas. Muy pocos automóviles circulaban por las calles de la ciudad, casi podían contarse con los dedos de una mano. El principal vehículo de transporte seguían siendo los carruajes tirados por caballos o los tranvías que se movían con mulas.

¿Qué hacían los niños allá por el año de 1900 o 1901? Asistían diariamente a la escuela y también tenían tiempo para divertirse. Los horarios escolares eran diferentes. Los alumnos entraban a la escuela a las nueve de la mañana y salían a las 12 del día, pero ahí no terminaba la jornada. Luego de realizar sus tareas y de comer en compañía del resto de la familia, regresaban a las tres para tomar dos horas más de clases.

Sobre los pupitres de madera los alumnos sacaban sus libros de gramática, matemáticas y geometría, ciencias naturales y desde luego no podían faltar los pequeños manuales de historia. Algunos eran más entretenidos que otros. La ""Biblioteca del Niño Mexicano"" era la favorita de todos. Estaba formada por varias decenas de pequeños folletos que narraban diversas hazañas y pasajes de la historia nacional que iniciaban desde la época de la Conquista. Estaban ilustrados con los grabados de José Guadalupe Posada y a través de imágenes y palabras los niños podían conocer de cerca a Cuauhtémoc y a Cortés; al cura Hidalgo con su antorcha de libertad; al niño artillero en el sitio de Cuautla, a los niños héroes defendiendo Chapultepec o a Benito Juárez como presidente de México.

Sin importar si la escuela era pública o particular, los niños y niñas siempre asistían a sus aulas con uniforme. El de los varones era curioso y hoy podríamos decir que hasta gracioso. El pantalón siempre era corto, de color café, con una chaqueta, corbata de moño sobre un cuello blanco y zapatos. Se veían serios y formales pero más tardaban las mamás en arreglar a sus hijos que los niños en empezar a juguetear con el uniforme.

Desde luego no eran muy cómodos y menos cuando llegaba la hora del recreo, pero los niños de aquella época se acostumbraron a usarlo. Además por aquellos años la filosofía de muchos maestros era ""la letra con sangre entra"" y cuando no se ponía atención a las clases los profesores utilizaban la regla para poner orden a ciertos alumnos latosos, los cuales recibían algunos manazos.

Los pupitres seguramente terminaban muy sucios al final del día. No era para menos. No se conocían las plumas atómicas y los alumnos tenían que recurrir a los tinteros y a la pluma fuente, la que debían recargar una y otra vez en tanto quisieran seguir escribiendo. Además era obligatorio aprender a escribir con letra manuscrita o cursiva -como también se le conoce.

A las 5 de la tarde sonaba la campana y el resto del día era libre. Como no había radio ni televisión y el cinematógrafo apenas comenzaba, los papás llevaban a sus hijos a caminar por el centro de la ciudad. El zócalo estaba lleno de árboles, era como un gran parque por donde se podía andar sin problemas. Ahí podían disfrutar de un helado, o compraban golosinas de diversos sabores. Otro lugar que gozaban era el paseo por la Alameda Central. En ese lugar, niños y adultos se impresionaban por igual viendo como ascendían por el cielo azul los globos aerostáticos.

En el México de aquellos años estaban de moda los ilusionistas, los prestidigitadores, los payasos, las ferias y los combates florales. El circo era muy concurrido por las familias. Los principales eran el circo Orrín y el Atayde y en ellos se podían contemplar a las fieras salvajes domadas por el hombre, a los magos y ventrílocuos y a los trapecistas. No podían faltar los llamados fenómenos que tanto impresionaban a los pequeños, como la mujer barbuda, los enanos, el hombre mosca, el hombre más alto y el hombre mas bajito del mundo. El circo era una sana diversión para todos porque abría una puerta gigante a la imaginación.

Si las familias no querían salir del hogar, organizaban tertulias dentro de la casa. A esas reuniones llegaban amigos y familiares en un momento de la velada sonaba la hora de los juegos. El de las sillas que aún jugamos hoy en día, ya era famoso en esa época. El papá ponía un disco en el fonógrafo, le daba cuerda con una manivela y empezaba la música, al terminar, todos debían tomar una silla y el que se quedaba sin nada tenía un castigo gracioso: como recitar o contar una adivinanza. Otro de los entretenimientos era el juego de las sombras. Los invitados se presentaban a la reunión con algún disfraz. Se colocaba una sabana blanca y detrás de ella un quinqué. El adivinador se colocaba en el lado opuesto de la luz y los niños disfrazados pasaban detrás de la sábana para crear diversas sombras con sus cuerpos. Si no lograba adivinar el castigo era otorgar una prenda.

Otros juegos muy divertidos eran la ""momita"", el ""pan y queso"", ""San Juan pirulero"", ""Doña Blanca"", ""San Serafín del Monte"", ""El arranca cebolla"", ""Naranja dulce"", el ""gato y el ratón"" y muchos otros. Después de varias horas de diversión y una vez que los niños terminaban sus quehaceres, generalmente merendaban pan con una rica taza de chocolate espumoso. Llegaba entonces la hora de dormir y la mamá ponía a sus hijos a rezar un poco. La última frase que repetían los niños era ""Con Dios me acuesto, con Dios me levanto"". Y poco a poco se perdían en la felicidad de sus propios sueños, donde iniciaban nuevas y emocionantes aventuras.