El palacio de Moctezuma

El siglo de la conquista - Vida Cotidiana

Alejandro Rosas 

Tan sólo unos años antes de la llegada de los españoles, Moctezuma II, quien ocupaba el poder desde 1502, ordenó la edificación de las casas reales. La construcción se realizó a un costado del gran teocalli o templo mayor.  Las “casas nuevas de Moctezuma” –llamadas así después de la conquista- cubrían toda el área del actual Palacio Nacional; hacia el norte además ocupaban la cuadra donde se construyó la Universidad de México y por el sur alcanzaban el predio ocupado en la actualidad por la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

     Hernán Cortés las describió para el rey Carlos V en una de sus Cartas de relación: “Tenía dentro de la ciudad sus casas de aposentamientos tales y tan maravillosas que me parecería casi imposible poder decir la bondad y grandeza de ellas, y por tanto no me pondré en expresar cosa de ellas más de que en España no hay su semejable”.  

     Era de tales dimensiones que contaba con veinte puertas de acceso; la mayoría daban a la plaza y otras hacia las calles públicas. Tenía tres patios y en uno de ellos había una fuente a donde llegaba el agua, pura y cristalina, directamente de Chapultepec; también tenía “muchas salas y cien cámaras o aposentos de veinte y cinco pies de largo y cien baños en ellos”. 

     Según el capellán y cronista Francisco López de Gómara, el edificio “aunque sin clavazón, era todo muy bueno; las paredes de canto, mármol, jaspe, pórfido, piedra negra, con unas vetas coloradas y como rubí, piedra blanca, y otra que se trasluce; los techos, de madera bien labrada y entallada de cedros, palmas, cipreses, pinos y otros árboles; las cámaras, pintadas, esteradas, y muchas con paramentos de algodón, de pelo de conejo, de pluma...”

     Poca era la gente que pasaba la noche en el interior de las casas reales, pero se decía que había mil mujeres -entre señoras, esclavas y criadas- al servicio de Moctezuma. En una de las salas cabían tres mil personas con “toda comodidad” y en otro de los salones, de gran tamaño, los españoles consideraron posible que treinta hombres a caballo “pudieran correr cañas como en una plaza”. En la entrada principal el escudo de armas daba la bienvenida: “un águila abatida a un tigre, las manos y uñas puestas como para hacer presa”.

     Uno de los lugares más hermosos al interior de las casas reales era el oratorio. Cuando los españoles lo vieron seguramente pensaron en desmontarlo y volver de inmediato a España: la capilla estaba chapada con planchas de oro y plata “casi tan gruesas como el dedo” y adornada con esmeraldas, rubíes y topacios.

     Todo en las casas reales era digno de los dioses. Cada mañana seiscientos señores y personas principales acudían a encontrarse con Moctezuma. Algunos permanecían sentados, otros recorrían los pasillos mientras esperaban la autorización para ver al tlatoani. “Los señores que entraban en su casa –escribió Cortés- no entraban calzados, y cuando iban delante de él algunos que él enviaba a llamar, llevaban la cabeza y ojos inclinados y el cuerpo muy humillado, y hablando con él no le miraban a la cara”.

     La comida era un verdadero ritual. De trescientos a cuatrocientos jóvenes llegaban con sendos manjares: carne, pescado, frutas y vegetales “que en toda la tierra se podía haber”. Para evitar su enfriamiento, cada uno de los platillos era colocado sobre un brasero. Moctezuma permanecía sentado sobre una almohada de cuero acompañado por cinco o seis  señores ancianos a quienes daba de comer. Antes y después de los alimentos, los ayudantes del emperador le llevaban una vasija con agua y una toalla para limpiarse la cual nunca más usaba –al igual que los platos donde comía.

     “Aunque es verdad que hubo en esta ciudad de México muchos señores y reyes que fueron ilustrando esta ciudad –escribió fray Juan de Torquemada-, y en ella edificaron palacios y casas reales, no se hace memoria de ellas, porque no hubo quien las notase, y sólo se trata de los palacios y casas del gran emperador Moctezuma, no sólo porque las vieron los nuestros, sino por su mucha majestad  y grandeza, que parece, que aunque hubo reyes y emperadores antes de él, la grandeza de todos juntos se cifró en este monarca excelentísimo y así se dice que la casa real, donde este príncipe ordinariamente vivía, era cosa admirable”.

     Consumada la conquista en 1521, las otrora Casa Nuevas de Moctezuma fueron entregadas a Cortés como recompensa por sus hazañas, hacia 1562, sus descendientes la vendieron a la corona española y a partir de entonces el lugar se transformó en Palacio Real –durante el virreinato- y Palacio Nacional luego de la consumación de la independencia.