Entre temblores y golpes de estado

La época de la anarquía - Vida Cotidiana

En 1845, tras un violento temblor que sacudió la capital de la República, J. G. Cortina publicó un escrito titulado Terremotos donde enumeraba tan sólo aquellos de consideración ocurridos desde la conquista de México. Según sus investigaciones el siglo XVI registraba setenta y tres; el XVII sesenta y nueve; el XVIII veinticuatro y el XIX, al menos hasta ese año, seis.

Descripciones de viajeros extranjeros y algunos escritores mexicanos coincidían en que los temblores eran un fenómeno particularmente común en la historia de la ciudad de México y sus construcciones debían mucho a la regularidad de esos fenómenos naturales. ""Pocos edificios públicos -escribió en 1827 el diplomático inglés Henry G. Ward- alcanzan la altura que estamos acostumbrados a ver los europeos. Esto se debe en parte a la dificultad de poner un buen cimiento en el Valle de México y a la frecuencia de los terremotos. A pesar de que los sacudimientos casi nunca son severos, pondría en peligro la seguridad de edificios muy altos, pues serían los primeros en resentir los efectos"".

Indudablemente, Ward escribía con cierta ligereza al afirmar que los temblores ""casi nunca eran severos"" en México. No pensaría igual la marquesa Calderón de la Barca, cuando años después, durante su estancia en México entre 1839 y 1842, sintiera en carne propia la desagradable sensación de ""que se mueve la tierra firme y que nuestra confianza en su estabilidad se desvanece"".

...todo comenzó a moverse; el cuarto, las paredes y aun el suelo se balanceaba como las olas del mar. Todos corrimos, o más bien haciendo eses, alcanzamos a llegar al corredor. Duró el temblor cerca de un minuto y medio, y creo que no causó más perjuicio que el susto consiguiente y cuarteaduras en las paredes viejas.

Los temblores que azotaron a la ciudad de México en la primera mitad del siglo XIX solían ser de larga duración y gran intensidad, aún así, pocas eran las víctimas y los daños sólo podían contemplarse en algunos muros mal construidos y en ciertos templos, cuyas cúpulas se venían abajo. Con trescientos años de antigüedad, el saldo era favorable; cada movimiento del subsuelo ponía al descubierto una característica más de la ciudad de México: su fortaleza arquitectónica.

Erigida sobre una región lacustre, las construcciones levantadas por los españoles desde 1521 habían resistido el paso de los siglos. Mayores estragos causaban las inundaciones que en ocasiones alcanzaban varios metros de altura. En 1844, un acucioso viajero norteamericano percibió en dónde radicaba la fortaleza de la ciudad capital: ""No hay aquí casas aisladas, sino que las cuadras enteras se encuentran edificadas en un sólido bloque constituyendo, de hecho, un solo enorme edificio; cada metro de terreno se halla revestido de piedra y cemento y, como las paredes colindan, se afirma que es poco el daño que provocan aquí los temblores salvo el resquebrajamiento ocasional de los muros y el derrumbe de unas pocas casas de los suburbios construidas de adobe"".

Años después, Edward Burnett Taylor, viajero inglés ratificó el juicio del norteamericano: ""La probabilidad de que se den estos sacudimientos en México explica la peculiar forma de construir las casas. Un moderno pueblo inglés con delgadas paredes de ladrillo, quedaría en ruinas con un sacudimiento que difícilmente dañaría a México. Aquí, las casas de varios pisos tienen paredes de piedra y son tan gruesas que por fuerza resistirían"".

Para la sociedad capitalina, con justa razón, ninguna de estas consideraciones era suficiente para mantener la calma. Ante los golpes militares, las asonadas o los cambios de gobierno los habitantes de la ciudad de México, reaccionaban incluso con indiferencia; finalmente cuestiones humanas que dependían directamente de la voluntad de los hombres.

Los terremotos eran otra cosa. Comunes podían ser los movimientos telúricos pero eran situaciones a las que la población, por su impotencia ante los fenómenos naturales y por el propio instinto de supervivencia, jamás podría llegar a acostumbrarse.

Al sentirse los primeros movimientos y escuchar el amenazador crujido de los muros, la gente corría despavorida buscando las plazas, los jardines, lugares que a su juicio brindaban seguridad. El fervor religioso afloraba con mayor intensidad y las calles parecían enormes reflectorios donde los capitalinos imploraban la misericordia del creador. Pasada la furia de la tierra, en la memoria de la gente sólo quedaba el nombre del santo o de la santa, en cuyo día, la tierra o -y por qué no, también la Providencia-, habían decidido escarmentar a los hombres. Así se identificaban los más importantes: el de San Juan de Dios, el de la Encarnación o el de Santa Mónica. Guillermo Prieto recordaba:

Por aquellos tiempos, pared de por medio del año de 40, me impresionó hondamente el temblor de Santa Cecilia, ocurrido a las doce de la noche: las gentes dejaban el lecho medio desnudas y confesaban a gritos sus pecados en medio de la calle; los sacerdotes pegaban la faz contra la tierra o alzaban las manos al cielo; baboleaban las torres, sonaban las campanas como articulaciones doloridas, y las fuentes deponían sus aguas causando terror.

""Los criados arrodillados -escribió la marquesa Calderón de la Barca- rezaban y persignábanse con una celeridad nunca vista... todo México se arrodilló; hasta los pobres dementes de San Hipólito"". Seguramente llamó la atención de la marquesa el fervor religioso de los mexicanos pero más aún esa extraña costumbre de arrodillarse y no exclusivamente ante un abrupto movimiento de la tierra: ""Una vez en la calle, la vista [del obispo] producía siempre el mismo efecto; todos caían de rodillas a su paso, como si pasase el viático, o sintieran estremecerse la tierra por un temblor"". Costumbres religiosas y populares finalmente.

Sin ninguna reflexión de orden científico, la vox populi también sostenía la idea de que la primavera era una estación proclive para los temblores. Tal vez el calor, la resequedad de la tierra y las altas temperaturas se conjuntaban para producirlos; coincidentemente varios de los temblores que se tenían registrados, habían sucedido entre los meses de marzo y junio. En una de las descripciones de época, Carlos María de Bustamante apuntaba: ""Al terminar el terremoto el aire estaba denso, el cielo nebuloso y sombrío y la temperatura sensiblemente elevada"".

Uno de los temblores que causó mayor daño a la ciudad en esa primera mitad del siglo XIX ocurrió el 7 de abril de 1845 y fue conocido como el de San Epifanio: ""Poco antes de sonar las cuatro de la tarde, se sintió el más horrible temblor que jamás se ha visto. Su duración la calculamos en más de dos minutos; la fuerza del sacudimiento fue terrible: nadie recuerda otro semejante, y el estado de los edificios indica bien que jamás la naturaleza había mecido los cimientos de esta ciudad con tanta fuerza"".

Con las réplicas que siguieron al terremoto del 7 de abril, la gente estaba aterrorizada. Las casas ubicadas en las calles de San Lorenzo, la Misericordia, Tompeate, Sapo, Victoria y Ancha fueron las más dañadas. Gran impresión causó el derrumbe del hospital de San Lázaro y el de la capilla de Santa Teresa la antigua.

Intentando tranquilizar a la sociedad capitalina, circuló en los diarios un escrito titulado Terremotos, donde su autor J. G. Cortina, conminaba a la población a no asustarse más, ya que la solidez de las construcciones de la ciudad de México -como lo referían los extranjeros- era suficiente para resistir cualquier terremoto, las que habían sufrido daños, debían su destrucción a la negligencia y abandono en que las tenían sus dueños. Pero su conclusión era, hasta cierto punto, algo simplista: ""En México se experimentan terremotos y probablemente se experimentarán siempre; pero hay sobrado fundamento para creer que nunca sucederá más de lo que hasta ahora ha sucedido; antes bien puede ser que no esté muy lejano el tiempo en que cesen enteramente, porque todo contribuye a hacer sospechar que ya se aproximan a su término las alteraciones que necesita el globo terrestre, para adquirir el estado en que debe quedar"". ¿Cuál era ese estado y cuándo llegaría? Se preguntaban con toda seguridad, los atemorizados lectores de la ciudad de México.

El temblor de 1845 sólo fue el preludio de otro, que meses más tarde, iniciaría el largo y doloroso desmembramiento del territorio mexicano. Esta vez no era la naturaleza: en julio de 1845, Texas aceptó formar parte de la Unión Americana; tres años después, el terremoto de la guerra, más que dividir, arrancaba de un tajo, dos millones de kilómetros cuadrados al suelo mexicano.