El padre Pro ¿inocente o culpable?

La reconstrucción - Personajes

Alejandro Rosas

“Que me permitan rezar”, fue la única frase que externó el padre Miguel Agustín Pro, cuando el jefe del pelotón le preguntó si tenía un último deseo antes de ser ejecutado. Sereno, el sacerdote zacatecano se arrodilló, hizo la señal de la cruz y luego de algunos minutos de oración se puso de pie. Estaba listo para recibir la muerte en un paredón de fusilamiento y sin un juicio previo.

     Nacido en Guadalupe, Zacatecas en 1891, Miguel tuvo una infancia y adolescencia común. Joven inquieto, extrovertido y de buen talante, desarrolló su vocación religiosa tardíamente: hasta los veinte años optó por la carrera eclesiástica e ingresó a la compañía de Jesús, en los momentos en que México iniciaba su revolución.  

     El destino lo alejó de la patria por más de diez años, los cuales fueron aprovechados por Miguel para estudiar en California y luego en Granada, España, en donde cursó filosofía y ciencias. Al principiar la década de 1920 viajó a Nicaragua para dedicarse unos años a la enseñanza. La última parada antes de ordenarse sacerdote fue Sarriá, Barcelona donde empezó sus estudios teológicos que culminó en Bélgica años después.

     En agosto de 1925, cuando la sombra del conflicto religioso amenazaba con cubrir el territorio mexicano, Miguel Agustín Pro fue ordenado sacerdote. Un problema de salud que lo aquejaba desde su infancia lo trajo de vuelta a México y sin perder tiempo se entregó al apostolado que ejercía entre los obreros, la gente humilde y los pobres. Con el inicio de la guerra cristera y la suspensión del culto, el padre Pro enfrentó una difícil situación que, sin embargo, no le impidió continuar ayudando a los necesitados: “Estando los tiempos como están –escribió-, es indecible la miseria que reina en este país. Ya llegan a 96 familias que mantenemos de pe a pa y con la particularidad de que no contamos con ninguna entrada fija. ¡Mejor! Así ni siquiera nos puede entrar vanagloria, porque la acción directa de Dios se deja sentir en toda su amorosa esplendidez”.

     Luego del fallido atentado contra Obregón –perpetrado el 13 de noviembre de 1927- el presidente Calles decidió dar una lección a los católicos. El padre Pro y sus hermanos Humberto y Roberto fueron detenidos bajo la sospecha de estar involucrados en el atentado. Sin contemplaciones, el gobierno callista ordenó la ejecución de todos los sospechosos incluyendo al sacerdote jesuita.

     La mañana del 23 de noviembre, el padre Pro caminó hacia el paredón. Luego de terminar sus oraciones se incorporó y rechazó la venda para los ojos; miró de frente al pelotón, extendió sus brazos en forma de cruz y con voz firme gritó: ¡Viva Cristo Rey! Murió a los 36 años de edad.