El padre Mier y el constituyente de 1824

La época de la anarquía - Hechos

""Grillos y prisiones no infaman a nadie, pues los padeció Jesucristo, los Santos, los hombres más grandes y siempre han sido el patrimonio de la virtud y el mérito"". Esta era la opinión del padre José Servando Teresa de Mier Noriega y Guerra y con ella emprendía una de sus múltiples defensas buscando obtener el cariño de sus compatriotas, al cual creía haberse hecho acreedor. En ello la suerte no le ha sido adversa, a pesar de sus múltiples contradicciones y de lo heterodoxo de muchas de sus posiciones, la Historia -esa inexorable señora con mayúscula oficialista- le ha reconocido su genuino amor a México y lo ha conservado en la memoria reservada a los héroes patrios, santuario tan selecto cuanto polémico y discutible. El mexicano común, en cambio, apenas lo recuerda y, como no sea para hacer referencia a cierta arteria vehicular capitalina -famosa por la feracidad de sus transacciones comerciales- rara vez pronuncia su nombre.

Prisiones, grillos y otras tantas fugas, en efecto, marcaron la vida de Mier. Ave de tempestades y enfant térrible, criollo por antonomasia, su trayectoria es fácilmente identificable entre tres polémicas: la guadalupana, que le costó cárcel y destierro allá por 1794; la de la Constitución Histórica de las Américas, cuyo devenir influiría de manera decisiva en los acontecimientos de la guerra de Independencia; y la relativa a su propuesta de constituir al Anáhuac independiente, en una república unitaria o en una república sólo gradualmente federal.

La tercera polémica fue tal vez la más complicada. En ella, el padre Mier no discutió con los españoles ni con los enemigos de la Independencia nacional, sino con sus propios compatriotas, aliados al momento de la caída de Agustín I pero adversarios al tiempo en que había de ser discutida la Constitución del nuevo y enorme país. Diputado por su natal Nuevo León al segundo Congreso Constituyente (el primero, en el que también participó, lo habían sido las Cortes del Imperio convocadas por Iturbide), Mier se oponía terminantemente a la adopción de un régimen federal indiscriminado implementado a imagen y semejanza del admirado modelo angloamericano. Proponía en cambio la creación de una República flexible que tendiera a evolucionar gradualmente hacia una Federación, adecuada a las circunstancias y especificidades del antiguo virreinato al que, como había sostenido el caído Iturbide, se hacía muy mal en equiparar con Estados Unidos de América.

Al padre Mier le crispaba especialmente la propuesta de los federalistas capitaneados por Miguel Ramos Arizpe (el ""intrigante Chato"" como le llamaba el propio fray Servando), Lorenzo de Zavala y Esteban Austin, en el sentido de dotar de ""soberanía parcial"" a los Estados llamados a integrar la Federación Mexicana. Para oponerse a la propuesta que consideraba inviable y próxima a terminar con la precaria unidad como país independiente, el once de diciembre de 1823, el ""heterodoxo guadalupano"" pronunció ante el Constituyente, su célebre Discurso de las Profecías en el que alertaba del peligro que implicaba ""desunir lo que está unido"" cuando una doble amenaza pendía sobre México: por un lado la Santa Alianza y el temor de que intentase la reconquista y por otro, la influencia de los progresistas Estados Unidos del Norte.

En opinión del padre Mier, el país contaba con algunas lúcidas cabezas apenas suficientes para constituir un gobierno central que fuese a la vez nacional, fuerte y eficiente. Resultaba ridículo creer que dada la falta de experiencia política podrían llenarse con acierto y felicidad la totalidad de los puestos que requiriera la diversidad de gobiernos y legislaturas estatales dentro de un sistema federalista puro. Además, el pueblo mexicano no podría entender fácilmente (dada la patética incultura política en que lo habían dejado sumergido trescientos años de colonialismo) los principios que sustentaban a la más complicada de las formas de gobierno y no tardaría en convertirse en presa fácil de los políticos y militares que, en las provincias, desatarían más de una guerra civil reivindicando ""añejos derechos de autonomía"" que nunca habían existido.

Al margen de la fuerza de sus argumentos históricos la propuesta del diputado neoleonés era sensata: prudencia y gradualismo constituían su divisa. Su pensamiento no era centralista sino racional. Sus amplios conocimientos en la materia y su condición de viajero, teólogo y pensador de excepción lo habían llevado a olvidarse de dogmas y a buscar, en cada circunstancia, lo que fuera mejor para la Patria. La República podría evolucionar favorablemente y sin prisas hacia un régimen federal moderado, evitando así que se cumplieran las ominosas profecías del sacerdote. El resultado fue otro: el siglo XIX fue exclusivo de caudillos nacionales y de caciques locales; Texas se perdió, el territorio nacional fue dolorosamente mutilado y, aunque culpar de todo ello al Constituyente de 1823-24 resulte injusto por exagerado, es necesario mencionar que, al no tomar en cuenta las palabras del primero de los constitucionalistas mexicanos -quien, según refiere Bustamante, se presentó a firmar la Constitución Federal con solideo negro, en señal de duelo por lo que llamó ""el entierro de su Patria""- se alejó de la vía prudente y moderada que exigían las circunstancias del naciente país y que hubiera sido tan benéfica en el transcurso de los turbulentos ochocientos.

En lugar de ello, de la imitación del modelo que ofrecía ""la República floreciente de nuestros vecinos del Norte"" solamente quedó la fragmentación, la pérdida, la simulación y el espantoso, por sintomático, nombre de ""Estados Unidos Mexicanos"". Entonces, como hoy, la Nación habría hecho bien si hubiera escuchado, con seriedad y sin ""risitas burlonas"", a sus desinteresados y genuinos hombres de valía.

*Abogado e historiador