El obispo y el arquitecto: Cabañas y Tolsá

Arquitectura - Personajes

Alejandro Rosas

Azarosa fue la travesía por el Atlántico. El invierno en el golfo de México no respetaba jerarquías ni banderas. Los vientos levantaban marejadas que se estrellaban sobre los muros de la fortaleza de San Juan de Ulúa. Cuando la embarcación divisó el puerto de Veracruz la naturaleza mostró su furia. La nave estuvo a punto de naufragar y perderse en el fondo del mar. Sólo la pericia del capitán y sus hombres impidieron la tragedia. A principios de enero de 1796, Juan Cruz Ruiz Cabañas, próximo obispo de Guadalajara, pisó tierras novohispanas.

          El virreinato parecía estar regido por un tiempo diferente al de las grandes ciudades europeas. Todo transcurría en la mayor de las calmas, sin apresuramientos. El obispo Cabañas tenía la intención de llegar lo más pronto posible a Guadalajara y sin embargo, por falta de caminos seguros y mientras esperaba el acondicionamiento del carruaje que debía conducirlo hasta su destino final, permaneció casi un año en la ciudad de México.       

           El obispo Cabañas se encontró con una ciudad que había transformado su paisaje urbano en los últimos años. Gobernaba por entonces el virrey marqués de Branciforte que continuó con los trabajos de limpieza iniciados desde 1790 por su antecesor el segundo conde de Revillagigedo. La inmundicia y la suciedad habían desaparecido casi por completo y la plaza mayor lucía radiante.

            Durante su estancia en México, Cabañas coincidió con un hombre excepcional: el arquitecto Manuel Tolsá. Llegado a la Nueva España en 1791 como director de escultura de la Academia de las Tres Nobles Artes de San Carlos, Tolsá desarrolló un sinnúmero de proyectos que le merecieron el reconocimiento público. Por sus habilidades y gran capacidad, le fue encomendada la conclusión de la catedral, en la cual trabajó también como escultor.

            Cuando Cabañas lo conoció en 1796, Tolsá comenzaba su obra más famosa: la estatua ecuestre de Carlos IV –el Caballito-, la cual terminaría hasta 1803. De 1797 a 1813 construyó el palacio de la Escuela de minería y en 1799 proyectó y dirigió los trabajos del altar mayor de la catedral de Puebla. Al mismo tiempo desarrollaba otras obras como la residencia del marqués del Apartado y la de Buenavista –ubicada en Puente de Alvarado-.

             A juicio del obispo de Guadalajara, ninguna otra persona tenía los méritos, la capacidad, la sensibilidad artística y el don para realizar una obra que tenía en mente desde años antes: la construcción de una Casa de Misericordia en la ciudad de Guadalajara, que estaba llamada a ser una de los grandes ejemplos del neoclásico novohispano y que con el tiempo sería conocida como el Hospicio Cabañas.