El misterio del Grito

Aires libertarios - Hechos

Uno de los misterios más difíciles de resolver sobre la historia de México es, sin duda, el de las palabras precisas pronunciadas por Miguel Hidalgo y Costilla la madrugada del 16 de septiembre de 1810. Misterio que forma parte, desde el primer segundo, del mito de creación de la nación mexicana y que debe repetirse -como todo mito fundador- ciclícamente para que no olvidemos su trascendencia.

Sabemos que Grito sí que hubo. Menos de un año después, durante su proceso, el propio Hidalgo narró a sus captores los inicios del movimiento por la independencia: cómo los conspiradores venían preparando el levantamiento y cómo Juan Aldama irrumpió en su casa a las dos de la mañana para informarle que habían sido descubiertos. El primer hecho, entonces, que desencadenó la insurrección fue el sorprendentemente eficaz sistema del gobierno virreinal para descubrir la confabulación que en secreto buscaba terminar con el régimen. El segundo hecho y el más poderoso, fue la decisión que Hidalgo y sus compañeros tomaron: acordaron dar El Grito (no es gratuito el uso de la mayúscula para referirse a este acto).

Pocos testimonios tenemos de lo ocurrido esa madruga y lamentablemente Hidalgo no detalla en su declaración las palabras formuladas. Según un testigo presencial, Pedro Sotelo, el cura le dijo a Ignacio Allende: ""no hay que pensar, ahora mismo damos la voz de libertad"" que, palabras más, palabras menos, conminaba a luchar a la voz de ""¡Viva Nuestra Señora de Guadalupe, viva la Independencia!"". Otro testigo cercano, Pedro García, atestiguó algo semejante, al menos en lo que se refiere a la Virgen y la Independencia.

En adelante, todo lo que se dice que dijo Hidalgo ha quedado en el misterio. Lo indiscutible es que esos dos elementos del Grito fueron cruciales: lo religioso inherente en la cultura de los novohispanos, y lo político como algo novedoso en el vocabulario de los primeros mexicanos; dos pilares fundadores de la nueva nación que hasta la fecha reconoce en ese acto el primer instante de la historia moderna. Sólo así se explica la trascendencia de que alguien diera la voz de libertad cierta mañana hace 200 años y que hoy en día, a pesar de nuestras diferencias y de la diversidad de opiniones, a los mexicanos nos de por repetir ese mínimo acto de gritar. No vaya a ser que perdemos nuestra libertad.