El Lencero, los dominios de Santa Anna

La época de la anarquía - Personajes

Alejandro Rosas

El Lencero. Los dominios de Santa Anna

Cuando Santa Anna adquirió la hacienda en 1842, El Lencero –vieja propiedad construida en el siglo XVI- continuaba siendo el paso obligado de viajeros y comerciantes que marchaban a la ciudad de México o regresaban al puerto. Su inmejorable ubicación –a 9 kilómetros de Jalapa- resultó un gran negocio para el caudillo. No en pocas ocasiones, don Antonio mandó cobrar impuestos por derecho de tránsito.

            Su nueva hacienda era un paraíso “absolutamente plácido, con una entrada bordeada por laureles y jacarandas”. La casa estaba edificada sobre una terraza natural, refrescada con la inmensa sombra de una vieja higuera –junto a la cual mandó construir un palenque para sus peleas de gallos y en donde solía desplumar a sus oponentes. El sendero que conducía a la entrada principal estaba flanqueado por laureles de la india, y por una capilla virreinal con su curato -conocida como casa de las  monjas-. A la belleza colonial del lugar se agregaba un hermoso lago donde las aves retozaban alegremente. 

            Santa Anna no gustaba de recibir visitas, pero le complacía entrevistarse con las comisiones procedentes de la ciudad de México que llegaban a suplicarle su regreso al poder. Sin embargo, tenía sus propios tiempos; nada le apuraba. Dejaba que los partidos hicieran añicos a su vicepresidente para luego hacer acto de presencia como el único hombre capaz de calmar las turbulentas aguas de la pasión política.

             El amor no tardó en llegar a la hacienda de El Lencero. Dos años después de haber comprado la extensa propiedad, el 22 de agosto de 1844, falleció Inés de la Paz García, su primera esposa, dejando al pobre general viudo y desconsolado. Tan triste se hallaba el caudillo jalapeño que sólo pudo hallar consuelo contrayendo nupcias nuevamente, cuarenta y un días después del deceso de doña Inés.

              Curioso enlace. Asolado por la gripe Santa Anna decidió no asistir a su boda con Dolores Tosta; en su lugar envió a un amigo como representante y la ceremonia fue realizada por poder –aunque no la luna de miel. Muy quitado de la pena, don Antonio esperó tendido en su hamaca la llegada de su nueva y flamante esposa.

              Para demostrarle su amor a Doloritas mandó reconstruir el frente de la vieja capilla, las columnas y el campanario en estilo grecorromano, y aunque rompió con el estilo colonial original, nadie prestó mayor atención. El Lencero se convirtió así, en el centro de operaciones de Santa Anna. A principios de 1845 otra vuelta en la rueda de la fortuna de la política mexicana envió al caudillo al exilio con todo y esposa. Tiempo después sus propiedades fueron incautadas por el gobierno. Hoy, el Lencero es un museo