El hombre más odiado: Agustín de Iturbide

La época de la anarquía - Hechos

Ni el mismísimo diablo habría despertado tantos odios como los provocados por Agustín de Iturbide cuando en julio de 1824 corrió la noticia de que regresaba a México luego de un exilio de poco más de un año en Italia. Por entonces, la mención de su nombre era tan grave como lanzar una maldición; reconocer que había sido el libertador era invocar una calamidad; darle un trato justo era impensable, simpatizar con el otrora emperador era simplemente traición a la patria.

Al menos para la clase política mexicana que preparaba al país para constituirse en una república federal, el regreso de Iturbide sólo era equiparable al Apocalipsis. A su juicio, su figura resultaba tan dañina, perniciosa y malévola, que desde el 28 de abril de 1824, el Congreso había expedido un decreto por el cual declaraba ""traidor y fuera de la ley a don Agustín de Iturbide, siempre que bajo cualquiera título se presente en algún punto de nuestro territorio"". Además, había sido declarado ""enemigo público del Estado"".

La vida del libertador no valía nada cuando pisó las arenas de Soto la Marina, Tamaulipas, el 14 de julio de 1824. Iturbide desconocía lo señalado en el decreto expedido por el Congreso, pero cuando fue capturado y notificado del fin que le aguardaba tampoco se sorprendió.

La muerte de Iturbide dejó ver el encono y el odio que construyó con su efímero imperio. En los mismos días de su arribo, un oficial de San Luis Potosí que aprestaba tropas para salir a capturarlo, escribió: ""tendré la gloria de ser el primero en caso necesario, de ir al exterminio de este monstruo"". Otro de sus múltiples enemigos se regocijó al recibir la noticia de su muerte: ""Tan plausible noticia, me ha hecho derramar lagrimas de gozo; esta será celebrada por mí, con demostraciones públicas… Yo me congratulo con la efusión de que es capaz mi corazón, al darle tan feliz noticia de un suceso que llenará de gloria a nuestra patria, y eternizará la memoria de sus verdaderos hijos"".

El sábado 31 de julio de 1824, 12 días después de la muerte de Iturbide, cayó un fuerte aguacero en la ciudad de México. Esa noche, don Carlos María de Bustamante, el veterano insurgente que había combatido al lado de Morelos y que fue uno de los intelectuales más críticos de Iturbide desde su ascenso al trono del imperio mexicano, no lamentó su muerte.

Con su afilada pluma, en su Diario Histórico de México, daba cuenta de los sucesos políticos cotidianos. En esa fecha dedicó un espacio a Iturbide sin piedad alguna:

Cómo murió Iturbide, si como héroe o como pendejo; si como hombre, o como perro, es la cuestión del día. Unos aseguran que Garza le hizo fusilar disparándole desde las ventanas del cuarto donde estaba encerrado; otros, que fue llevado al patíbulo entre dos asido por las arcas de los brazos, pues le entró mucho desmayo a proporción que se acercaba la hora del suplicio; otros dicen que poco antes de morir se puso de rodillas a los pies de Garza suplicándole que no lo fusilase, aunque se le impusiese cualesquier pena. Por un orden regular de justicia, es de creer que muriese entre muchas agitaciones, y que sintiese en su ánimo padecimientos que hizo sentir a los muchos centenares de hombres que hizo fusilar en el Bajío, y que su conciencia le atormentase además con el delito que acababa de cometer presentándose a revolucionar en medio de un pueblo pacífico. Este hombre se cegó para perderse… ¡Ojalá y que Iturbide sea el ejemplar que jamás pierden de vista los aspirantes y ambiciosos que nos rodean y acechan!

Frente al pelotón de fusilamiento, sin embargo, Iturbide no tuvo remordimientos. Se comportó con entereza; no vaciló al caminar al patíbulo, no le temblaron las piernas. Recibió la muerte con la misma frialdad con la que, tiempo atrás, durante los primeros años de la guerra de Independencia, le quitó la vida a decenas de insurgentes. En tiempos de violencia, en medio de las turbulentas aguas de la política nacional, vivir o morir era un capricho que sólo estaba en manos del destino. Iturbide lo sabía aquella tarde del 19 de julio de 1824, cuando cayó atravesado por las balas en Padilla, Tamaulipas.

La muerte de Iturbide -escribió otro de sus enemigos-, destruye sin duda alguna, las conmociones que a cada momento se temían de los prosélitos de Iturbide, y hará que la opinión se uniforme y concentre en favor del sistema que felizmente hemos adoptado, pues quitada de en medio una de las causas que la hacían vacilar, es consiguiente que cesen sus efectos.

Indudablemente, la primera República federal consolidó su nacimiento sobre la sangre de Agustín de Iturbide.