El fin del Primero de Mayo

La transición democrática - Hechos

El 1 de mayo de 1997, los chilango sobrevivimos a los más de 168 puntos de ozono: increíblemente, no caímos como moscas víctimas del veneno que respiramos ese día.

Si bien todavía dábamos muestras de sorpresa de nuestra capacidad de supervivencia, la nota se la llevó el ""No-desfile"" del 1 de mayo. Como ya se había hecho costumbre en los últimos años, el miedo de las autoridades por las masas sindicales reunidas, había logrado suprimir la tradicional realización del desfile del Día del Trabajo.

Por décadas, la fecha había servido a los gobiernos en turno para dar muestras de la buena relación con los líderes sindicales, que no necesariamente con los agremiados.

Desde los años del corporativismo cardenista, el 1 de mayo era un festejo oficialista, en que los trabajadores gozaban del asueto pero para dedicarlo a desfilar por las calles de la capital, con sus respectivas camisetas y gorras conmemorativas, sus pancartas solidarias de las acciones gubernamentales y su festejo culminante en el Zócalo, previo consumo de torta y chesco.

Desde el balcón presidencial, el Ejecutivo saludaba a la masa.

Pero en los años setenta la complacencia sindical fue cambiando de tono y Luis Echeverría debió presenciar el descontento de los trabajadores, que gritaron consignas en su contra con el puño levantado.

Los ochenta también se dejaron sentir y los desfiles ya no estaban tan controlados por los líderes oficialistas; los sindicatos independientes exigían su espacio. La crisis cotidiana demandaba catarsis, y las pancartas gritaban el fin de la deuda externa y el aumento en los salarios, entre otras demandas.

El desfile trocó en ceremonia en espacio cerrado y en un acto más acotado en todos sentidos. Desde 1995, la CTM con su eterno líder Fidel Velázquez se las arregló para que la conmemoración se convirtiera en una ceremonia más.

Temía los reclamos por una crisis que se prolongaba tanto como su mandato al frente de la CTM. Cuando un periodista cuestionó a Fidel sobre la frialdad del evento, éste contesto, oculta la mirada tras de los lentes oscuros: ""Hubiera traído su anafre"".

Ese día de 1997, el inmor(t)al líder -víctima de la edad- ya no pudo asistir a la ceremonia que se llevó a cabo en el Auditorio Nacional. Fue una pifia.

Zedillo y su gabinete estaban en primera fila, dando la espalda a los trabajadores que la gozaron haciendo la ola, interrumpiendo los torpes discursos de lambiscones líderes sindicales, gritando comentarios jocosos y toda clase de improperios a las autoridades.

Pero, se cumplió el objetivo: el 1 de mayo dejó de significar nada para nadie.