El edificio de Revillagigedo, hoy Museo de Arte Popular

La reconstrucción - Vida Cotidiana

Alejandro Rosas

Una hora después del mediodía del 27 de noviembre de 1928, las calles de Revillagigedo e Independencia, en el centro de la ciudad de México, comenzaron a recibir toda clase de personalidades y reporteros. Un nuevo edificio estaba por ser inaugurado tras varios meses de intensos trabajos de construcción. Su destino era el servicio público: se trataba de la nueva sede de la Inspección General de Policía y del Cuartel Central de Bomberos.

          Mucha era la historia detrás los muros y cimientos de aquel edificio de cuatro pisos que, sin embargo, a unos minutos de su inauguración reflejaba la modernidad revolucionaria. Cada espacio había sido matizado de acuerdo a las corrientes arquitectónicas en boga y el austero color gris de aquella mole visible desde la Alameda Central, era muestra de un diseño innovador, práctico y funcional. A todas luces era un lugar de suma importancia para el buen gobierno de la ciudad de México.

          Conforme transcurría el tiempo, el patio central se fue llenando de gente. No se trataba de una ceremonia faustosa, ni mucho menos, pero las más selectas personalidades de la vida pública nacional se daban cita en el edificio de la calle de Revillagigedo. Las miradas recorrían cada espacio y se detenían en un punto inacabado de la loza de aquel patio. La última piedra aún no se encontraba puesta en su lugar, pero pronto la más alta autoridad del país haría acto de presencia para darle el último toque a la nueva edificación. Eran ya cerca de las dos de la tarde cuando el general Plutarco Elías Calles llegó al inmueble.

          El presidente de la República se notaba tranquilo. La frialdad de su rostro, de sus gestos parecía acorde con la solidez de la construcción. En tres días más concluía su periodo constitucional y estaba listo para entregar el poder a Emilio Portes Gil designado presidente interino en sustitución de Álvaro Obregón, presidente electo asesinado apenas el 17 de julio anterior. Al parecer Calles era inconmovible. En los últimos meses había tenido que enfrentar las sospechas desatadas en su contra por el terrible magnicidio; la guerra cristera seguía causando estragos en el país y las relaciones con Estados Unidos por la cuestión petrolera hacían sonar los tambores de guerra. Nada de eso, sin embargo, había menguado la fortaleza de Calles, próximo a convertirse en el Jefe Máximo de la Revolución. El presidente saliente era la figura política más importante del momento y con toda tranquilidad llegó a la esperada inauguración.

          Acompañado por el Secretario general del Gobierno del Distrito, Encargado de Despacho, licenciado Prima Villa Michel; por su secretario particular, el señor Fernando Torreblanca; del arquitecto y concejal del Ayuntamiento de la ciudad de México, Guillermo Zárraga; del ingeniero Gustavo Durón González, y demás invitados presentes, el Presidente inició un exhaustivo recorrido por el edificio.

          Fueron precisamente Zárraga y Durón los que paso a paso y piso a piso, fueron explicando al señor Presidente cada uno de las finalidades de los espacios que recorrían. La planta baja, lugar donde se encontraba el garage de bombas, el patio de maniobras, los talleres de reparación, el depósito de herramienta, vestuario, gimnasio, baños y oficinas, serían destinados al cuerpo de bomberos. El buen gusto y las modernas instalaciones llamaron la atención desde ese primer momento.

          La visita continuó en el primer piso, donde se encontraban las habitaciones o dormitorios de los bomberos, cada uno de ellos dotados por las barras de deslizamiento que llevaban al piso inferior con la rapidez que merecía el servicio que efectuaban. Los elogios en esta parte del edificio fueron dedicados a una amplia y bien dotada cocina que se encontraba en el mismo piso.

         Con tranquilidad pero no sin formalidad, los invitados subieron hacia el segundo piso, que marcaba la división entre el Cuartel Central de Bomberos y la Inspección General de la Policía. En este lugar, destinado exclusivamente a las oficinas de la policía, se hallaba también una prisión preventiva y espacios para la atención directa al público en general y a la prensa. El Presidente Calles no cesaba en sus elogios ante la estupenda distribución de los espacios.

         El último piso estaba dedicado a las oficinas privadas de la Inspección y con él dio fin la visita guiada a las múltiples personalidades que aquel día se habían dado cita en aquella zona del centro de la ciudad. Cada aspecto del edificio había asombrado por su extraña belleza y magnífica planeación y aunque los cuartos y oficinas aún se mostraban vacías, pronto comenzaría la mudanza del cuerpo de bomberos y la policía para darle vida a la magna construcción. No era difícil imaginarlo.

         Los invitados se concentraron nuevamente en el patio central del edificio. La última etapa del evento había llegado y el Presidente Calles tomó las riendas del suceso, con la misma naturalidad con la que había tomado las de la política nacional desde 1924. Haciendo uso de las herramientas pertinentes, el general colocó con precisión la loza que hacía falta, la última piedra con la que se dieron por concluidas las obras del moderno inmueble. Por último, el presidente y sus acompañantes fueron llevados al salón comedor del Departamento de bomberos, donde les fue servida una copa de champaña junto con algunos refrigerios, como festejo del nuevo edificio al servicio de la comunidad.

 

          Al día siguiente, los periódicos dieron sus notas principales a tal acontecimiento. “La ciudad de México –comentaba un artículo del El Universal- cuenta pues desde ahora, y por primera vez en su historia, con un edificio para policías y bomberos, construido especialmente para cubrir las necesidades de estos cuerpos, y que se halla a la altura de los mejores de Europa y América, técnicos en la materia”.

          Por su parte, el Excélsior señaló: “Fuera de crónica, estamos que no está de más decir, aún cuando sea en brevísimos renglones, que era tiempo ya de que nuestro benemérito cuerpo de bomberos, el que, con valentía y abnegación no pocas veces en lo heroico, ha salvado del desastre del fuego a importantes zonas de la capital; era tiempo ya, decimos, de que nuestros bomberos tuviesen un local decoroso, de acuerdo con sus elevadas funciones”.