El colegio de la crítica y la reflexión

El Porfiriato - Hechos

Mientras en los círculos políticos y en la prensa se debatían por momentos los asuntos de la Escuela Nacional Preparatoria bajo el porfiriato, los estudiantes asistían cotidianamente al viejo edificio de San Ildefonso. A pesar de la oposición, sus diferentes directores lograron elevar la calidad de la educación, dotaron a la institución del equipo necesario para su buen desempeño académico y formaron a varias generaciones de hombres brillantes.

No podía ser de otra forma, comenzando por Gabino Barreda, en sus aulas enseñaron catedráticos de la talla de Ignacio Ramírez, Ignacio Manuel Altamirano, Luis G. Urbina, Guillermo Prieto, Justo Sierra, Manuel Payno, Francisco Bulnes, Porfirio Parra, Amado Nervo, Victoriano Salado Álvarez, Carlos Díaz Dufoo, Carlos Pereyra, Ezequiel A. Chávez y Felipe Ángeles, entre muchos otros. Estos hombres representaban lo más selecto del mundo intelectual y científico del México del último cuarto del siglo XIX.

Hacia la década de 1880 las cátedras impartidas estaban a tono con el ideal del progreso que movía a todo el régimen porfirista: matemáticas, dibujo, gimnasia, esgrima, ejercicios militares, lenguas extranjeras, español, física, geografía y cosmografía, mecánica, química, botánica, zoología, literatura, historia general, historia patria, filosofía, lógica, moral, psicología.

A la cátedra de telegrafía asistían alrededor de 100 alumnos -22 se incorporaron más tarde a las oficinas de gobierno para servir como telegrafistas. El área de física contaba con los ""aparatos más adelantados y más propios para todos los experimentos"", instrumentos que generaban electricidad, máquinas acústicas. En la cátedra de química los estudiantes gozaban de un surtido completo de sustancias, tubos de ensaye, pipas Gay-Lussac, pipetas y demás instrumental. Para el estudio de la geografía se contaba con un observatorio, ""una colección acabada de mapas, cartas geográficas y esferas traídas directamente de Europa"".

Maestros y alumnos organizaron un museo de historia natural al interior de la Escuela. Cada pieza guardaba un orden lógico y se encontraba clasificada de acuerdo con los métodos más modernos. En la sección botánica se aclimataban plantas nacionales y algunas traídas de Europa. Para los visitantes era digna de admiración la biblioteca que con sus 6 mil volúmenes -alcanzaría los 18 mil en 1905- estaba abierta al público diariamente y por muchas horas y era considerada como ""la más útil de todas las que existen en la capital"".

A pesar del orden y la disciplina establecidas por el director, en ocasiones los estudiantes escandalizaban las calles vecinas. No era extraño que algunos jóvenes acudieran al Colegio de la Encarnación para molestar con piropos y ""en un lenguaje subido de tono"" a las señoritas que asistían a la escuela. En otros momentos se armaban algunos pleitos debido a que los internos escondían los sombreros de los estudiantes externos o se los devolvían llenos de ""lodo, ceniza y huevos reventados"".

En un afán casi obsesivo por conocer científicamente la naturaleza, el director autorizó en el segundo patio la colocación de jaulas para albergar a dos leones. En un descuido una de las fieras se escapó y sólo gracias a la agilidad de los estudiantes que pusieron pies en polvorosa o treparon a los árboles cercanos se evitó una tragedia. Molesto, el periodista Salvador Quevedo y Zubieta escribió: ""¡Brillante estado guardan los establecimientos de instrucción, bajo el ministro Montes! La escuela de Agricultura está hecha un asco, en la de Jurisprudencia se roban los libros de su biblioteca, y en la Preparatoria se expone a la juventud a ser devorada por las fieras… ¡Horror!""

Uno de los acontecimientos que más llamaron la atención de alumnos, maestros y sociedad en general fue el ingreso en 1882, de Matilde Montoya, ""la primera mexicana que posesionándose del hermoso papel de la mujer, ha roto con las preocupaciones, ha arrollado los obstáculos, ha acallado la maledicencia y ha tomado en su mano la gloriosa bandera de la ciencia"". Matilde logró terminar la preparatoria e ingresó a la Escuela de Medicina; hacia el final de la década recibió de manos de don Porfirio, el primer título de médico cirujano obstetra otorgado a una mujer en toda la historia de México.

Aunque la dictadura encontró su justificación en la filosofía positivista, en ""los hechos positivos"", en el ""fondo común de verdades de carácter enciclopédico"", en la ""identidad de conducta práctica y necesidades sociales"", en ningún momento pudo aplastar la reflexión, la crítica o la rebeldía propia de los estudiantes -como sí lo hizo con el ánimo cívico de parte de la sociedad.

A lo largo del Porfiriato, los estudiantes participaron en distintos movimientos de orden cívico o político. En 1884, cuando el gobierno del presidente Manuel González quiso llevar a cabo el proyecto de conversión de la deuda inglesa -que no era otra cosa que su reconocimiento y al parecer un lucrativo negocio para varios políticos-, los estudiantes de diferentes escuelas, la de Jurisprudencia, la de Medicina y la Nacional Preparatoria, realizaron airadas protestas frente a la Cámara de Diputados, las cuales fueron reprimidas a sangre y fuego. Pero en lugar de arredrarse, los jóvenes continuaron con sus manifestaciones exhortando a la población a sumarse a su lucha. Al final, la presión popular obligó al gobierno a dar marcha atrás en el asunto de la deuda.

Los preparatorianos arremetían contra todo y contra todos. En 1892, al anunciarse la tercera reelección de Porfirio Díaz, el estudiante Joaquín Clausell organizó en la Alameda Central una manifestación antirreeleccionista. No tuvo mayor eco entre la sociedad, pero muchos jóvenes tenían claro que la dictadura tenía una cara luminosa, la de la paz y el progreso material, pero en su lado oscuro asomaba la desigualdad y la supresión de las libertades públicas.

En algunas ocasiones los alumnos de la Escuela Nacional Preparatoria defendieron causas menos devotas como sus protestas ante la detención de alumnos que habían hecho desmanes y escándalos en la vía pública o las manifestaciones que organizaban para obtener un día más de vacaciones como ocurrió en la víspera de la Semana Santa de 1894.

En 1910, cuando el horizonte de la patria anunciaba nuevos y convulsionados tiempos, la Escuela Nacional Preparatoria se vistió de luces por última vez. En el anfiteatro Simón Bolívar -construido pocos años antes-, ante la presencia del presidente Porfirio Díaz, sus ministros, miembros del cuerpo diplomático, distinguidas personalidades, maestros y alumnos, don Justo Sierra, ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes presidió el acto con el cual fue reabierta la célebre Universidad de México.

Parecía un momento apoteótico pero el edificio ideológico del positivismo -como la misma dictadura- se desmoronaba. El 28 de octubre de 1909 se constituyó el Ateneo de la Juventud, conformado por intelectuales, periodistas, escritores, artistas y científicos que se encargaron de cuestionar la filosofía del régimen y anunciar su fin. ""Éramos muy jóvenes [escribió Pedro Henríquez Ureña] cuando comenzamos a sentir la necesidad del cambio… Sentíamos la opresión intelectual, junto con la opresión política y económica de que ya se daba cuenta gran parte del país. Veíamos que la filosofía oficial era demasiado sistemática, demasiado definitiva para no equivocarse"".

La mayoría de los miembros del Ateneo había sido educada bajo las ideas comtianas de la preparatoria; egresaron al comenzar el siglo XX, algunos se unieron al antirreeleccionismo de 1909, otros se sumarían como intelectuales a la Revolución y los más, seguirían por el camino de sus propias profesiones: la academia, la pintura, la música. Entre ellos se encontraban José Vasconcelos, Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, Julio Torri, Enrique González Martínez, Martín Luis Guzmán, Isidro Fabela, Antonio Caso, Diego Rivera, Roberto Montenegro, Manuel M. Ponce y Julián Carrillo, entre otros.

Los ateneístas dieron renombre al famoso salón ""El Generalito"". En él se reunían para dar sus conferencias y disertaciones. Según refiere Manuel González Ramírez con el término ""general"" se designaba el oficio o ministerio del general de las órdenes religiosas, particularmente entre los jesuitas por su formación castrense. ""De ahí provino el nombre de El Generalito con que se denominó al aula más amplia de la Escuela de San Ildefonso que fue tanto como decir que equivalía al paraninfo, el aula magna o salón de actos académicos más importantes"".

Nuevamente se acercaba el fin de una época. Con el inicio de la Revolución mexicana la nación sufrió una de sus transformaciones más dramáticas y profundas. Atrás quedaron los sueños de Gabino Barreda y la filosofía positivista. La Escuela Nacional Preparatoria cambiaría su viejo lema ""amor, orden y progreso"" por una nueva identidad que encontró su fundamento en las raíces de lo mexicano y que venía a bordo de los trenes de la Revolución.