El cine de ficheras en los años 70

La época de las crisis - Vida Cotidiana

Algo de sádica tenía la clase política mexicana de los años setenta como para hacer creer al país que el desarrollo económico era inminente: para todos hay, decían. Cierto que el auge petrolero era real, pero cierto era también que el gasto público y la inversión interna dependían más del capricho de los gobernantes que de planes de desarrollo acordes con la realidad nacional.

La industria cinematográfica fue uno de esos caprichos. El hermano del presidente Luis Echeverría, Rodolfo, fue nombrado director del Banco Cinematográfico Nacional. Como actor, conocía el medio y esto influyó en su gestión pues impulsó a una muy destacada generación de directores como Paul Leduc, Arturo Ripstein, Alberto Isaac, Felipe Cazals, Jorge Fons y Jaime Humberto Hermosillo.

Pero el nepotismo no siempre funciona. En el sexenio siguiente, José López Portillo nombró a su hermana Margarita  directora de Radio, Televisión y Cinematografía. Su ignorancia de la industria devino en una lamentable gestión que, al tiempo que censuró el cine social, permitió la proliferación del llamado cine de ""ficheras"", de pobres argumentos, plagado de desnudos, lenguaje vulgar, exaltación de los bajos fondos, prostitución, choteo de la homosexualidad, etcétera.

Las carteleras de esos años no dejaban lugar a dudas de la oferta de estas películas: ""Vender felicidad en las calles tiene sus problemas"", con Sasha Montenegro en La vida difícil de una mujer fácil que rebasó las ""19 semanas de éxito"". Ella misma fue protagonista de otro blockbuster de la época: Las ficheras (Bellas de noche, segunda parte) de 1979, ""para aguantar la inflación Carmen regresa al talón"", en compañía de Lyn May, ""es muy buena pa’la copa y le gritan ‘mucha ropa’"". Y de otro infaltable del cine de ficheras, el galán Jorge Rivero, ""Mientras el Bronco boxea… su mujer cabaretea""; así como de Carmen Salinas, ""Tras el chupe y tras la plata siempre anda La Corcholata""…

Estas películas llenaban las salas de los cines Valle Dorado, Orfeón, Marilyn Monroe, Savoy o el Teresa en la capital del país, con un público ávido de olvidar las penas e ignorar la realidad cotidiana, dispuesto a gastar en una salida el salario de la jornada. La entrada costaba entre $20 y $25 pesos, cuando en 1982 el salario mínimo rozaba los $34 pesos diarios.

Seguro que muchos olvidaron por un momento la crisis, pero al cine nacional le costaría varios años salir del atolladero y recuperar el nivel y el prestigio de otras épocas.