El buen dictador

El Porfiriato - Hechos

 ""El buen dictador es un animal tan raro"" -escribió Francisco Bulnes, intelectual, escritor e historiador porifirista-, ""que debemos procurar los medios para preservarlo"". Sobre el orden, la paz y el progreso, Porfirio Díaz cimentó el andamiaje político de su régimen. Los tres pilares abrevaban de la filosofía positivista de Augusto Comte, pero adquirieron sentido en un México sumido, por décadas, en el caos.

Durante los primeros cincuenta años de su vida, Díaz fue testigo de cómo el fantasma de la revolución, la guerra con el exterior, la permanente bancarrota de la hacienda pública, la falta de una industria propia, la ausencia de vías de comunicación y la improductividad del campo asolaron cada rincón de la república. El país seguía milagrosamente en pie, pero todo estaba por hacerse.

Al asumir el poder en 1877, el orden, la paz y el progreso se convirtieron en sus patrióticas obsesiones. Hombre práctico, su primer cuatrienio (1877-1880) estuvo enfocado a dos aspectos fundamentales: a ganarse la confianza de los Estados Unidos a través del pago puntual de los compromisos de la deuda y a pacificar al país. Del parto doloroso de la violencia para erradicar la violencia nacería la pax porfiriana.

""Empezamos por castigar el robo con pena de muerte -declararía en 1908 frente al reportero James Creelman-, y esto de una manera tan severa, que momentos después de aprehenderse al ladrón, era ejecutado. Fuimos severos y en ocasiones hasta la crueldad, pero esa severidad era necesaria en aquellos tiempos para la existencia y progreso de la nación. Si hubo crueldad, los resultados la han justificado. Para evitar el derramamiento de torrentes de sangre, fue necesario derramarla un poco. La paz era necesaria, aun una paz forzosa, para que la nación tuviese tiempo para pensar y para trabajar. La sangre derramada era mala sangre, la que se salvó, buena"".

Cuando Porfirio regresó a la presidencia en 1884 -luego de los cuatro años de su compadre González- el ""orden"" de la república ya estaba garantizado. La modernización tocaba a las puertas de México. Inició así un crecimiento económico sin precedentes. La inversión extranjera empezó a fluir dentro de las fronteras mexicanas, se reactivó la minería, el humo de las fábricas sustituyó al humo de los cañones, la explotación del petróleo se manifestó como la actividad industrial del nuevo siglo, los bancos abrieron sus puertas en distintos puntos del país, las casas comerciales como El Puerto de Liverpool, El Palacio de Hierro o El Puerto de Veracruz se multiplicaron.

Las ciudades comenzaron a mostrar un rostro diferente: el de la luz eléctrica y las calles asfaltadas; el del telégrafo, el correo eficiente y el teléfono. El de los carruajes que dejaban el paso franco a los primeros automóviles. El progreso porfiriano encontró en el ferrocarril el icono que definió a la modernidad mexicana de principios del siglo XX.

Esa mole construida con hierro y puesta en movimiento fue el símbolo de la dictadura. No podía ser de otra forma, al ocupar por vez primera la presidencia existían en el país poco más de 800 kilómetros de vías férreas, al dejar el poder en 1911, la red alcanzaba los veinte mil kilómetros. La paz y el progreso no se entendían sin un ánimo ampliamente conciliador.

""En política no tengo amores ni odios"", solía comentar el presidente. Bajo su gobierno las viejas rencillas partidistas de otros tiempos desaparecieron casi por completo. Con el tiempo y la generosa distribución de cargos públicos -""ese gallo quiere máiz""-, gubernaturas, senadurías, diputaciones, presidencias municipales y jefaturas políticas los otrora juaristas, lerdistas, conservadores y demás grupos terminaron siendo sólo uno: porfiristas.

Por comodidad y conveniencia, Díaz dio el primer paso para promover una pacífica convivencia entre el Estado y la Iglesia. Abjuró de su pasado como liberal y masón y obtuvo de la Mitra el permiso necesario para recibir con su esposa Delfina -que agonizaba- el sacramento del matrimonio en 1880. Con el documento firmado por Díaz, al Arzobispo ya no le pareció tan grave el parentesco de consanguinidad y gustoso les dio la bendición.

El clero se acercó nuevamente al poder político pero ya no para ejercerlo, sino para apoyarlo. Y las leyes de Reforma durmieron el sueño de los justos. Al igual que el resto del país, la imagen del presidente también se transformó. A partir de sus segundas nupcias (1881) con doña Carmelita Romero Rubio, el general se convirtió en ""don Porfirio"". Hasta el color tostado de su piel pareció tomar un tono más claro, con más porte y distinción. Con el paso de los años su fortaleza física no menguaba, al contrario, su presencia imponía.

Los apellidos de abolengo florecieron pronto y una pequeña y mezquina aristocracia rodeó al presidente. El grupo de los ""científicos"" alcanzó notoriedad al ocupar los cargos más importantes en el gabinete de Díaz. Su tarea era aconsejar a don Porfirio, mantener a la nación en la ruta del progreso y de paso enriquecerse a costa de los negocios públicos, pero jamás tuvieron en sus manos la decisión final. Don Porfirio tenía la última palabra.

A su juicio, la dictadura funcionaba. El gusto por el poder, el arte de la manipulación con sus colaboradores, el lenguaje de la simulación, el uso de la fuerza contra la oposición eran parte de la naturaleza del dictador, del caudillo que se veía a sí mismo como el hombre necesario. La Constitución se convirtió -en palabras de Justo Sierra- en ""un bello poema"" y la aplicación de la ley se volvió discrecional.

La dictadura acabó con las libertades públicas, con el espíritu cívico y con la independencia de los poderes de la Federación que durante los años de la Reforma habían visto su mejor época. El servilismo era común entre la clase gobernante. Nada ni nadie se movía en el país sin la autorización del viejo general oaxaqueño. En aras del orden, la paz y el progreso, los ocho periodos presidenciales de Díaz -siete reelecciones- hundieron al país en una profunda sumisión a la figura patriarcal del dictador. Los logros materiales llegaron a ser tan evidentes, que la soberbia nubló el juicio de la clase gobernante y en 1910 se miró eterna. En uno de los discursos de las fastuosas fiestas, el viejo general expresó:

Hemos querido festejar nuestro Centenario con obras de paz y de progreso. Hemos querido que la humanidad, congregada por intermedio vuestro en nuestro territorio, juzgue de lo que son capaces un pueblo y un gobierno cuando un mismo móvil los impulsa: el amor a la patria, y una sola aspiración los guía: el progreso nacional. El pueblo mexicano, con vigoroso empuje y con lúcido criterio, ha pasado de la anarquía a la paz, de la miseria a la riqueza, del desprestigio al crédito y de un aislamiento internacional a la más amplia y cordial amistad con toda la humanidad civilizada. Para obra de un siglo, nadie conceptuará que eso es poco.

Pero como en toda dictadura, la prosperidad de unos cuantos se reflejaba en la miseria de la mayoría. Las contradicciones sociales eran escandalosas. El progreso material corría por los rieles de la desigualdad. Buena parte de las haciendas porfirianas habían despojado a los pueblos de sus tierras. La llamada pax porfiriana se había escrito con la tinta de la represión y del autoritarismo.

Nadie olvidaba que don Porfirio inauguró su primera administración con la frase ""Mátalos en caliente"", ni que decenas de indios yaquis y mayas sufrieron deportaciones al terrible Valle Nacional en Oaxaca, donde el fantasma de la esclavitud gravitaba entre los hombres. Tampoco podía olvidarse a los obreros de Cananea o de Río Blanco ni a los periodistas que terminaron sus días en las tinajas de San Juan de Ulúa.

""No hay peor ciego que el que no quiere ver"" dice el refrán. Don Porfirio nunca prestó oídos a voces sensatas como la de Justo Sierra, que desde 1899 se atrevió a decir que la reelección indefinida podía significar la destrucción de toda la obra del porfiriato. Tampoco quiso abrir las puertas al ""otro"" progreso -el político-, a través de la democracia, y en 1910 prefirió atrincherarse en el espíritu de una dictadura vieja y decadente.

Con sobrada razón, el movimiento revolucionario le cobró cada uno de los agravios sociales condenándolo a la mayor de las penas que puede sufrir un soldado de la patria: morir fuera de su nación, en la soledad del exilio y desterrado de la historia nacional.

""Espero que calmadas las pasiones que acompañan a toda revolución, un estudio más concienzudo y comprobado haga surgir en la conciencia nacional, un juicio correcto que me permita morir, llevando en el fondo de mi alma una justa correspondencia de la estimación que en toda mi vida he consagrado a mis compatriotas. Porfirio Díaz""

Fuente: Alejandro Rosas y José Manuel Villalpando, Los presidentes de México, México, Planeta, 2001.

Enrique Krauze, Biografía del Poder. Porfirio Díaz. Místico de la autoridad, México, F.C.E., 1987.