El asesinato de Rubén Jaramillo

La estabilidad - Hechos

El asesinato del líder agrarista morelense Rubén Jaramillo el 23 de mayo de 1962 fue uno de los escándalos políticos más sonados en la historia del régimen presidencialista del siglo pasado. Esto porque la vida de Rubén Jaramillo fue paralela a la de la Revolución mexicana; porque su asesinato simbolizó la muerte de los ideales agrarios y obreros de la revuelta popular; porque la impunidad del hecho reafirmó la lógica del poder y del autoritarismo de la clase política. Por si fuera poco, los responsables del asesinato mancharon el buen nombre del Ejército mexicano, pues todos los testimonios implican de manera directa a los militares encargados de la zona.

Jaramillo era representante de la vieja casta de revolucionarios. A la temprana edad de 14 años se alistó en la rebelión zapatista. Sus correrías lo llevaron a Guerrero, el Estado de México y por todo Morelos. Ante el predominio carrancista, Jaramillo dejó Tlaquiltenango y se trasladó a Tamaulipas, donde trabajó una breve temporada como petrolero en los campos de El Ébano. La muerte de Carranza le permitió regresar a Morelos; las nuevas formas de Adolfo de la Huerta y Álvaro Obregón —el inicio del reparto agrario, los proyectos educativos, la discusión y el surgimiento de nuevos actores sociales— politizaron a los revolucionarios y a grandes grupos de la sociedad mexicana.

Los gobiernos posrevolucionarios procuraron congraciarse con los grupos posrevolucionarios y así ganar legitimidad. Los ""políticos"" de los zapatistas —como Antonio Díaz Soto y Gama, Gildardo Magaña, Octavio Paz Solórzano— formaron el Partido Nacional Agrarista. En cambio, los soldados zapatistas se integraron a la política social, se apropiaron del discurso revolucionario e intentaron transformar su entorno social. En el caso de Rubén Jaramillo, éste se convirtió en un intermediario entre los ejidatarios de su pueblo y el Banco Nacional de Crédito Agrícola. Años después, en la presidencia de Lázaro Cárdenas, su participación fue fundamental en el establecimiento de la Sociedad Cooperativa de Ejidatarios, Obreros y Empleados Emiliano Zapata, proyecto económico y social enfocado en los pueblos zapatistas.

De este modo, Rubén Jaramillo se asumió como un representante de su pueblo, Tlalquitenango, y de los trabajadores del ingenio. Por si fuera poco se convirtió al protestantismo. A los conflictos laborales inherentes, a la conflictiva relación entre los políticos morelenses y los ex líderes zapatistas, Jaramillo respondió a la vieja usanza: tomó sus armas y se fue al monte. Su primer levantamiento fue en 1943 al proclamar el Plan de Cerro Prieto, que reivindicó el Plan de Ayala, los derechos de los obreros agrícolas y denunció la persecución en su contra.

Convencido por el presidente Ávila Camacho, Jaramillo optó por la legalidad y procuró el cambio social por las vías institucionales. En cierta forma, la biografía de Rubén Jaramillo es paralela a la de Pedro Martínez, el protagonista del libro homónimo de Oscar Lewis. Pedro Martínez nació en un pequeño pueblo de Morelos, indígena, apaleado por las haciendas, fue zapatista en su juventud. Al finalizar la ""bola"", gracias a su ímpetu de superación aprendió a leer, cortó con la Iglesia católica, se hizo protestante, llegó a presidente municipal y propició cambios sociales en su pueblo. De igual modo, los políticos profesionales de nuevo cuño fomentaron el alejamiento de la vieja clase revolucionaria de los puestos de gobierno en todos los niveles.

Al correr de las décadas, las diferencias entre los viejos ideales y las nuevas prácticas se acentuaron, en la misma forma lo hizo el autoritarismo político contra el que lucharon los zapatistas. Tanto así que Jaramillo fue perseguido por militares por sus labores políticas. En una reelaboración de su Plan de Cerro Prieto, Jaramillo criticó la imposición política del partido oficial, la explotación de los recursos naturales a cargo de empresas extranjeras, el abandono del campo. También llamó a desconocer al gobierno y establecer una junta instituyente de jefes revolucionarios.

Adolfo López Mateos, en campaña presidencial, prometió soluciones, se entrevistó con el líder morelense, para entonces una figura pública entre la izquierda, y se tomaron una foto abrazados y sonrientes. En el poder, por mandato presidencial es nombrado delegado de la Central Nacional Campesina (CNC), se vuelve simpatizante de la Revolución cubana y milita en el Movimiento de Liberación Nacional, donde hace trabajos políticos en coordinación con el ex presidente Cárdenas, Heberto Castillo, Carlos Fuentes y otras figuras preeminentes.

Al cuarto año de la presidencia de López Mateos fue asesinado Rubén Jaramillo por militares en contubernio con políticos locales. Los cuerpos del líder, de su esposa embarazada y de sus hijos fueron arrojados cerca de las ruinas de Xochicalco. La prensa oficial acusó de inmediato rencillas personales, bandolerismo y tráfico de drogas. El gobierno permaneció en silencio, la revista Política, una de las más influyentes del momento preguntó: ¿Quién lo mató?

Al asesinar a Jaramillo, las autoridades también mataron su propia historia agrarista, asesinaron los ideales zapatistas y echaron tierra a las reivindicaciones populares del campo mexicano. Por no mencionar la dinámica de violencia política e impunidad en que, a partir de entonces, incurrió el Estado contra la izquierda social.