El águila y la serpiente: los de arriba

Literatura

Intenten los lectores comprar un libro de Martín Luis Guzmán. Descubrirán que, salvo por los tres tomos de obras completas del Fondo de Cultura Económica, lo que se encuentra de él en las librerías es nada. Esto evidencia los huecos de nuestro mercado editorial, pero sobre todo nos habla del lugar que ocupa en nuestra cultura en escritor de tremendos contrastes biográficos y bibliográficos, y por tanto difícil de digerir. Nos gustan, es sabido, las historias en blanco y negro.

La carga biográfica que arrastra Guzmán es su relación con el régimen priísta, un romance de varias décadas. Luego de participar en la revolución en el bando maderista y con Villa, Guzmán, editor, ensayista, cronista y novelista, diputado, senador, representante ante Naciones Unidas y encargado de los libros de texto, se exilió dos veces en España, la segunda de ellas a nada gentil invitación del Álvaro Obregón presidente. Ahí publicó dos categóricas obras maestras de la narrativa mexicana: El águila y la serpiente, en la que nos detendremos enseguida, y La sombra del caudillo.

El águila..., publicada en 1928, narra en primera persona la participación revolucionaria de Guzmán. La crónica abarca sus días en el maderismo y concluye con la salida del presidente interino Eulalio Gutiérrez, del que Guzmán fue muy cercano, su regreso forzado con Villa, al que había dado la espalda, y la escapada a su primer exilio español. Libro de aventuras, estupendo retrato del frente y testimonio clave de la Convención de Aguascalientes, esta obra es lo que algún crítico llamó ""los de arriba"". En contraste con Los de abajo, la popular novela de Mariano Azuela, no da voz a los soldados llanos, de trinchera, sino al santoral revolucionario: Carranza, Obregón y Villa, entre muchos otros, son los protagonistas de este libro profundamente desencantado, poblado de matones, corrupción y cinismo.

Y es que, hasta 1936, Guzmán fue un inconforme. Con Cárdenas se convirtió en un ""hombre del sistema"", un priísta convencido que empezó por escoltar a los futuros presidentes en sus giras como candidatos y terminó por apoyar a Gustavo Díaz Ordaz tras la masacre del 2 de octubre. No se le perdonó en su momento, comprensiblemente. 43 años después, es momento de hacerlo. No sólo en su nombre, sino también en el de los lectores, que conocerán uno de los retratos más cáusticos del proceso revolucionario y, sobre todo, una de las mejores piezas prosísticas en lengua española, de cualquier época y cualquier lugar. Algunos negros, muchos blancos: tal cosa son la vida y la obra de Guzmán.