Dólares por pesos: la ciudad de México en manos norteamericanas

La época de la anarquía - Hechos

El paisaje urbano de la capital del país cambió radicalmente con la presencia del ejército invasor a partir de septiembre de 1847. La actividad cotidiana iniciaba a las cinco de la mañana y terminaba cerca de las siete de la noche. Los conventos fueron convertidos en cuarteles y hospitales; la mayoría de los oficiales tomaron las casas abandonadas por sus dueños días atrás. Gran indignación causó entre la población mexicana el hecho de que los invasores entraran a las iglesias fumando o con sombrero y tomaran los confesionarios para dormir plácidamente.

 

Común era ver a los soldados tomando el sol, sentados en alguna silla, con sus piernas apoyadas en los balcones de las viejas casonas coloniales. En varios de los caserones eran visibles pequeñas banderas blancas que simbolizaban ""la paz"". Sus dueños habían encontrado en ese método un recurso eficaz para evitar el saqueo.

 

Las penas impuestas por las autoridades estadunidenses a sus propios hombres por saqueo o robo eran medianamente severas, y podían ir desde acostar al culpable con la espalda desnuda sobre un cañón que estuviera ardiendo, o dejarlos a pleno rayo de sol, parados durante horas, y con balas de cañón atadas a los pies para evitar que se movieran.

 

Con el paso de los días, la vida cotidiana empezó a tener visos de normalidad dentro de la ocupación militar. ""Negocios son negocios"" habrían pensado los propietarios de sastrerías, barberías, tiendas, fondas, mesones y tabernas. Rápidamente se acostumbraron a la presencia yanqui en la ciudad, y sustituyeron sus letreros y anuncios con otros... pero en inglés.

 

A los habitantes de la capital les impresionó vivamente la manera de comer y de beber de los invasores; cual si fueran bárbaros. Guillermo Prieto apuntó: ""cuecen perones en el café que beben, le untan a la sandía mantequilla y revuelven jitomates, granos de maíz y miel, mascando y sonando las quijadas como unos animales... lo que causaba horror"". En las afueras de los cuarteles se paraban los vendedores de golosinas, carne y guisados; se sabía que entre los yanquis el dinero corría como agua. También era cierto que lugar que pisaban, lugar que dejaban hecho un muladar.

 

Toda esta multitud hacía una pública ostentación de su glotonería, de su intemperancia, de su extremada suciedad y de sus maneras bruscas y enteramente opuestas de la raza de los países meridionales... [Era inverosímil] que tal fuese el ejército de una nación que ha pretendido colocarse a la vanguardia de la civilización y cuyos ciudadanos creen ser los más ilustrados del mundo.

 

De las tropas que ocuparon la ciudad de México, los cuerpos de voluntarios se caracterizaron por ser los más sucios, indisciplinados y conflictivos. No así la oficialidad y algunos miembros del cuerpo de artillería y de ingenieros, que tenían una educación refinada y su comportamiento era excepcional.

 

¿Se veían los estadunidenses como una representación de Cortés y sus hombres? Probablemente sí. Lucas Alamán se sorprendía de las frecuentes visitas que militares estadunidenses hacían al hospital de Jesús -cuya administración estaba a su cargo- y agradecía los elogios que le hacían por el estado en que se encontraba la institución hospitalaria. Sin embargo, mayor sorpresa le causaba el verdadero motivo de su presencia en ese lugar:

 

Me han visitado varios generales y jefes y al hospital han ido muchos más, a ver el retrato de D. Fernando Cortés, el lugar en que estuvo enterrado, sus títulos, armas y firma, todo cuanto le concierne, pues miran sus acciones con admiración.

 

Si de día la coexistencia tenía sus altibajos, la noche daba paso a la convivencia entre los soldados y los llamados léperos. El mayor recuerdo que dejaron los estadunidenses entre los habitantes de la ciudad de México fue el de los grandes escándalos, las bacanales y las orgías nocturnas que terminaban muy entrada la madrugada. Los yanquis, de los cuerpos de voluntarios, buscaban sólo tres cosas: juego, bebida y mujeres: ""bebían de todo y como nubes -escribió Guillermo Prieto-; lo mismo era para ellos el aguamiel que el aguarrás, y aunque el whisky era lo que más les entraba, echaban unos triquifortis de Tlamapa que temblaba el mundo"".

 

El juego se convirtió en la actividad común por las noches; allí se reunían los solados con las prostitutas; tomaban hasta caerse de borrachos, bailaban, cantaban y jugaban. Las casas de juego eran también salones de baile y burdeles; los más frecuentados fueron La Gran Sociedad, La Bella Unión y El Progreso. Se dice que el juego dejó ganancias de hasta 300 000 pesos para los propietarios de tan entretenidos sitios de esparcimiento. Quienes encontraron mayor afinidad con los estadunidenses fueron las prostitutas. El resto de la sociedad capitalina se escandalizaba noche tras noche.

 

Perjudicial para los soldados fue su amistad con las meretrices de ínfima clase -continúa Prieto- y a las que dieron ellos mismos el nombre impropio de margaritas. En las reuniones con ellas dábase lugar a la comisión de escenas soeces e inmorales y era común entonar la popular canción de ‘La Pasadita’: Ya las Margaritas/ hablan el inglés/ les dicen: me quieres/ y responden: yes.

 

Pero esa relación no podía traer nada bueno. Los léperos se las ingeniaban para sacarles dinero a los extranjeros. Lo que iniciaba como una borrachera amigable terminaba con un cuerpo apuñalado. Se recomendaba no alejarse de las calles principales, únicas que ofrecían seguridad; los soldados borrachos que se aventuraban a caminar por los barrios pobres, no regresaban; todos los días se informaba de alguna desaparición. Era una forma de venganza contra los yanquis.

 

La paz se firmó el 2 de febrero de 1848 en la villa de Guadalupe-Hidalgo. México cedió a Estados Unidos poco más de la mitad de su territorio a cambio de 15 millones de pesos -bayonetas de por medio. Las tropas de ocupación no abandonaron la ciudad en esa fecha, el canje de ratificaciones tardó en llegar y no fue sino hasta el 12 de junio cuando los estadunidenses salieron de manera definitiva de la ciudad de México.

 

A las seis de la mañana, al arriar la bandera americana que flameaba en el Palacio Nacional, ambas fuerzas presentaron las armas y fue saludada aquélla con una salva de treinta cañonazos. Inmediatamente con igual ceremonia se izó el pabellón nacional disparándose para saludarlo veintiún tiros de artillería. A las nueve quedó completamente evacuada la capital por el ejército de los Estados Unidos.

 

Nueve meses habían transcurrido. La ciudad y sus habitantes habían cambiado. El país entero sufrió una transformación radical. Había que empezar de nuevo. Las palabras de Alamán resonarían por años:

 

¿Quién hubiera podido pensar [en 1521] que a los tres siglos de la muerte del gran conquistador, la ciudad que él saco de sus cimientos había de estar ocupada por el ejército de una nación que entonces no había tenido ni el primer principio?.