Difícil decisión: Alfonso Reyes

La reconstrucción - Vida Cotidiana

Es evidente que las anécdotas siguen brindando la posibilidad de conocer rasgos ocultos de las personas. Esos relatos hablados en donde residen hechos interesantes, sucesos ocultos que no entran en un registro de la época, en un acta para el recuerdo, para el archivo, es donde la Historia debe poner el dedo sobre el renglón para rescatarlos del olvido. Porque a final de cuentas, como sentenció Monsiváis: ""la anécdota es la gran ayuda de la memoria y es […] la posibilidad de contener historias que ya no nos abandonan.""

Cuando el escritor Alfonso Reyes fue embajador de México en Argentina en su segunda etapa (1936 a 1938), entabló una gran amistad con la escritora argentina Victoria Ocampo, por ella, se relacionó con la élite intelectual de la época en la que figuraban Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, y Pedro Henríquez Ureña, entre otros.

Victoria Ocampo recibió en su casa de Buenos Aires al escritor Roger Caillois, con el que mantuvo una estrecha relación durante cuatro años. En 1968, Reyes contó que ella obligaba a Caillois a bañarse a diario. Un día, la criada despistadamente abrió la puerta del baño y encontró a Caillois sentado, leyendo un libro a un lado de la bañera pero haciendo ruido con la mano en el agua para hacer creer que se estaba bañando.

Dos años después, Victoria relató una cómica anécdota sobre Alfonso Reyes. Durante su periodo como embajador, se enamoró de una actriz rubia y despampanante  -previamente a él ya se le había creado una fama de seductor-, la cual no dejó de mostrar en público. Pero para la diplomacia de esa época, esto era un acto censurable y mal visto.

El ministro de Relaciones Exteriores en turno, le hizo una amable llamada telefónica en la que le pidió discreción con las mujeres, Reyes hizo caso durante algunas semanas, pero después regresó a su vida habitual. Pronto llegó desde México la segunda advertencia, una carta encabezada por un solemne ""Confidencial"", en donde de nuevo, de manera cordial se le solicitó lo mismo. De igual forma, obedeció por unos días para luego olvidarlo.

Ya no podía haber una tercera exhortación y con todo el peso de la autoridad, Reyes recibió un telegrama con un tajante ultimátum del presidente de la República: ""La embajada o la puta. Cárdenas"".