Deudas de juego

La época de la anarquía - Vida Cotidiana

La sociedad no tenía empacho en rendirle culto a la sota de bastos, al caballo de espadas o al as de oros. El país podía estar al borde de la desintegración pero nada impedía la devoción por los juegos regidos por el azar.

El propio presidente Santa Anna hizo de su afición por las peleas de gallos y los albures una especie de religión que contaba con decenas de fieles dentro de todos los estratos sociales. Año con año -durante la semana santa- San Agustín de las Cuevas (Tlalpan) se transformaba en un gran casino nacional a donde acudía el señor presidente con todo su séquito. ""Santa Anna era el alma de este emporio del desbarajuste -escribió Guillermo Prieto. Era de verlo en la partida, rodeado de los potentados del agio, dibujando el albur, tomando del dinero, confundido con oficiales subalternos; pedía y no pagaba, se le celebraban como gracias trampas indignas"".

En el México de Santa Anna -primera mitad del siglo XIX-, las únicas leyes que tenían vigencia y gozaban de amplio respeto eran las del juego. A lo largo de la república la escena se repetía. Los tahúres se reunían en diversos pueblos en torno a los naipes y las apuestas más inverosímiles se presentaban por doquier.

En la década de 1830, cuando la joven Úrsula de Armas Acevedo se unió con don Juan Haro no pudo imaginar que sus votos matrimoniales estaban escritos sobre unos naipes. Cierto día su marido incurrió en algún delito por lo que fue llevado a la cárcel de Juchipila en Zacatecas.

La joven esposa hizo todo lo posible para obtener la libertad del preso, quien esperaba ansioso su libertad para correr a los brazos, no de su mujer, sino de la diosa fortuna del juego. Y como ""a río revuelto ganancia de pescadores"", el Jefe Político, don Pablo de Estrada, no perdió la oportunidad de mandar primero en el juego de las pasiones. Como ferviente admirador de la hermosura de la joven señora, y sabedor de la debilidad de don Juan Haro por las apuestas, le propuso al reo un negocito en el que ambos salieran ganando.

Si el albur favorecía a don Juan sería puesto en libertad y todo arreglado. Si perdía, también quedaría libre pero perdería a su esposa. El as de bastos decidió y ambos pudieron saborear las delicias del triunfo, don Juan Haro su libertad y don Pablo de Estrada, a la mujer del prisionero y a su pequeña hija de tres años. La abnegada señora tuvo que conformarse con su triste suerte y con todo y niña fue a vivir a la casa del Jefe Político donde siempre recibió las atenciones de la legítima esposa. Nadie dijo nada. La ley, ciertamente, era muy clara: ""deudas de juego, son deudas de honor"".