Del bronce a la pantalla grande

Cine - Obras

Alejandro Rosas

La escena no podía ser más conmovedora. Las tropas mexicanas arremeten furiosamente contra los franceses. Cientos de hombres preparan sus bayonetas para una nueva carga. El primer ejército del mundo, sin embargo, parece imponer su manifiesta superioridad a pesar del coraje de los mexicanos. El sonido de las bayonetas chocando unas con otras, la lucha cuerpo a cuerpo, las explosiones que ensordecían el ambiente muestran los rastros de la gran batalla. En las llanuras de Puebla, México se juega su destino en ese terrible año de 1862.

            El futuro de la batalla se antoja incierto. Decenas de heridos se resguardan recargados en los muros de los fuertes de Loreto y Guadalupe, esperando un milagro. De pronto, el corneta del ejército republicano cae muerto. Parece el augurio de la derrota. Sin embargo, algo extraordinario está a punto de suceder. En medio del fragor del combate, cuando los mexicanos necesitan algo que los impulse y los lleve hacia la victoria, aparece el gallardo teniente Luis Sandoval (Pedro Infante).

           Con decisión, Sandoval toma la corneta y comienza a interpretar el Himno Nacional Mexicano. Sus notas recorren cada palmo del campo de batalla y al escucharlo, cada combatiente mexicano llena su corazón de patria. Hasta los heridos olvidan su dolor y luego de incorporarse comienzan a cantar cada estrofa del himno. Ha llegado la hora de México y el ejército republicano, con emoción, con valentía y sacando fuerzas de flaqueza avanza imbatible sobre los franceses que comienzan la retirada.

          De pronto, una bala impacta sobre el cuerpo de Luis Sandoval, pero su patriotismo es más grande y con lo último de sus fuerzas continúa su interpretación del himno, hasta que los mexicanos cantan la victoria definitiva. Momentos después agoniza en el campo de batalla pero con el rostro satisfecho pues la patria se ha salvado.

          La gente salía verdaderamente conmovida de las salas cinematográficas luego de ver la actuación de Pedro Infante en Mexicanos al grito de guerra  (Álvaro Gálvez y Fuentes, 1943) o lloraba amargamente al ver a Jorge Negrete como uno más de los “niños héroes” sacrificando su vida en aras de la Patria, en El Cementerio de las Águilas (Luis Lezama, 1938) o se regocijaba con la valentía del Centauro del Norte, interpretado primeramente por Domingo Soler (Vámonos con Pancho Villa, Fernando de Fuentes, 1935) y luego por Pedro Armendáriz (Cuando viva Villa es la muerte,  Ismael Rodríguez, 1958). 

          Todas parecían contar la historia de México con veracidad y realismo. Sin embargo, no fue así. Durante años la pantalla se llenó con los iconos de la historia oficial.

El cine se llena de bronce

El cine mexicano no pudo escapar a la inercia del sistema político mexicano que se empeñó en escribir su propia versión de la historia y los cineastas compraron su interpretación. En casi todas las películas históricas era evidente la exaltación de los héroes, la visión maniquea, los personajes que frente a las cámaras no hablaban, sino pontificaban.  Las caracterizaciones no eran difíciles de realizar pues los héroes nacionales siempre aparecían con el rostro de piedra y con una mirada perdida en el horizonte, como pensando permanentemente en el porvenir de la patria.

         Aunque la presencia del cura Hidalgo en La virgen que forjó una Patria (Julio Bracho, 1942) es muy breve, los pocos minutos que aparece a cuadro son suficientes para mostrar al cura grave, serio, patriótico hasta en su manera de hablar. Nada parecido a como verdaderamente era Hidalgo, risueño, juguetón, abierto, afable, excelente conversador, muy animado, incluso en los momentos de mayor gravedad no perdía el buen talante.   

         El caso de Pancho Villa es muy semejante. Quizá dentro de la historia del cine mexicano, la más famosa caracterización fue la que, durante años, realizó Pedro Armendáriz. En películas como Cuando viva Villa, es la muerte o Así era Pancho Villa de Ismael Rodríguez, el espectador llega a encariñarse no sólo con el Centauro del Norte sino hasta con uno de sus lugartenientes más sanguinarios, Rodolfo Fierro interpretado magistralmente por Carlos López Moctezuma.

         Este tipo de películas le hizo, por mucho, un favor a los dos revolucionarios. Villa fue un justiciero, pero también un asesino consumado que por momentos era incapaz de sentir piedad. Fierro fue definido simplemente como una “bestia sedienta de sangre”. Ambos personajes estaban muy lejos de aquella maravillosa secuencia de la película de Rodríguez, donde Villa ordena traer nieve de limón para él, para Fierro y para los rehenes que mantienen secuestrados en un banco.

          Juárez es quizá el personaje que jamás ha podido desprenderse del baño de bronce de la historia oficial. No sólo en la película Aquellos años (Dir. Felipe Cazals, 1972) realizada con motivo de su centenario luctuoso, si no también en teleseries como El Carruaje y La Tormenta¸ se presenta un don Benito incapaz de mostrar sus sentimientos, firme, sereno y empeñado en sacrificarse en aras de la Patria. El cine nos negó la posibilidad de ver a un Juárez cariñoso con su esposa, amantísimo padre de familia, buen jugador de naipes, sentimental y tierno.

          Desde luego, no podían faltar las varias versiones de Zapata –aunque la más conocida es la caracterización de Antonio Aguilar que termina por convertirse en otra apología del caudillo sureño. También tenemos las comedias que muestran los últimos días del porfiriato, aunque su sentido no es histórico y toman el periodo sólo como un pretexto para contar una historia. Tal es el caso de México de mis recuerdos o Qué tiempos aquellos señor don Simón.   

         La historia oficial se apoderó del cine mexicano. Sin embargo, estas cintas invitan a redescubrir la historia. El manejo de las situaciones, de los sentimientos, de las fibras patrióticas mantienen al espectador atento al desarrollo de los acontecimientos. Hasta hace algunos años era obligado que el 5 de mayo se transmitiera Mexicanos al grito de Guerra por el canal de las estrellas o el 13 de septiembre pudiera verse el Cementerio de las águilas y después de la ceremonia del  “grito”, invariablemente iniciaba la proyección de  La virgen que forjó una patria.  Con todo y el discurso broncíneo, el cine histórico nacional es una buena manera de acercar a las nuevas generaciones al conocimiento de su pasado.