Calleja: El virrey enamorado

Aires libertarios - Vida Cotidiana

En 1812, Félix María Calleja fue honrado con varias funciones teatrales luego de haber derrotado a los insurgentes en las batallas de Aculco y Puente de Calderón en 1810 y 1811. El Coliseo Nuevo se vistió de luces, «como en los días de santo o cumpleaños del monarca» para aclamar al militar, y fue tan grande el homenaje, que el virrey Francisco Xavier Venegas sintió celos y determinó no volver a concurrir al teatro mientras Calleja permaneciera en la Ciudad de México. Al vencedor de Hidalgo le gustaba el teatro, y particularmente una talentosa y muy carismática artista, que se consagró bajo la pasión del militar. El 4 de marzo de 1813, Calleja ocupó el cargo de virrey de la Nueva España y desde las alturas del poder se dio tiempo para impulsar la carrera de la artista Inés García, llamada La Inesilla

En la capital de inmediato corrió el rumor de que Inés era amante de Calleja y aunque el virrey tenía a su virreina, no hubo lugar a escándalos, ni a chismes que pusieran en tela de juicio la moral de la máxima autoridad novohispana. La asistencia del gobernante a las funciones, las deferencias que tenía hacia Inés, y el haberla convertido en la estrella favorita del momento, pocas dudas dejaban sobre la relación que mantenían. La Inesilla era hermosa. «El óvalo de su rostro —escribió Enrique de Olavarría y Ferrari en su Reseña histórica del teatro en México—, tenuemente apiñonado, se encerraba graciosamente en un marco de suavísimos cabellos negros, artificialmente rizados: negros y grandes sus ojos, miraban al medroso ante su hermosura, con graciosa picardía, y al atrevido con apacible sencillez». Si bien la posición del virrey le impedía darle rienda suelta a sus deseos, durante su gobierno que concluyó hasta 1816, fue el gran benefactor de La Inesilla. El virrey tenía la facultad de otorgar una función de gracia en favor de alguno de los artistas. Todos los ingresos y los obsequios que regalara el público irían a manos del actor o actriz, lo cual, dadas las difíciles circunstancias económicas que atravesaba la Nueva España por la guerra de Independencia, era el mejor regalo que podía recibir La Inesilla. 

Ni tardo ni perezoso, en 1813, Calleja autorizó una función de beneficio en favor de Inés y fue un éxito. Antes de comenzar, La Inesilla le dedicó la noche al virrey y Calleja hizo que sus ayudantes arrojasen a sus pies «más de cien onzas de oro»; incluso la virreina —que se hizo de la vista gorda—, le envió uno de sus mejores aderezos de brillantes. El público no tuvo más que sumarse a lo hecho por el virrey y arrojó al escenario «onzas y otras monedas de oro, y entre los obsequios de alhajas, que fueron numerosos, figuraron hilos de perlas, aretes, cruces, cofrecitos de oro, rosarios y relojes con piedras finas». El tiempo y los asuntos de la Nueva España enfriaron la relación, y cada uno de los amantes siguió su propio camino, tan oscuro como lo eran los tiempos de guerra.