Biografía espiritista

La revolución - Hechos

El año de 1920 también cerró el círculo de la biografía espiritista de Madero. Una noche de finales de febrero su ""espíritu"" se manifestó por última vez. Decidió presentarse ante uno de los precursores de la cruzada democrática de 1909; un maderista de la primera generación, con quien había fundado el Partido Antirreeleccionista, su nombre: Roque Estrada.

""En México, en la noche del sábado 28 al domingo 29 de febrero -escribió Roque Estrada en su obra Psicohistorias- llegué a casa a las once; y me acosté como quince minutos después. Pronto me dormí. Al cabo de una hora, aproximadamente, desperté con un acceso de tos... El sueño me abandonó por completo; sentí la fuerte irritación propia del insomnio y me desesperaba por no poder reconciliarlo. Sin percibir transición alguna noté completamente tranquilo todo mi cuerpo. Vi al señor Francisco I. Madero -presidente de la república asesinado en la Decena Trágica de 1913- sentado, con jaquet negro, los brazos sueltos, la mirada tan baja que parecía con los ojos cerrados y completamente inmóvil. Sentí una gran fuerza de afecto que me empujaba hacia Madero, como nunca la he sentido por nadie en intensidad y calidad; me postré ante él, con mi frente sobre su pecho y mis manos sobre la parte de su busto a la altura de mis carrillos. Con mi frente y mis manos percibí el contacto material, pues tuve la sensación clara del casimir, áspero y con pelo. Madero persistía en su inmovilidad. En tal actitud recorrió todo mi cuerpo un fuerte calofrío; recordé que un amigo teósofo me había dicho en alguna ocasión que el ""astral"" se manifestaba con una impresión fría, y me dio gusto porque pensé que aquella era una manifestación de ultratumba, pero inmediatamente ese gusto se trocó en miedo, y todo desapareció"".

Quizás con su última aparición -documentada-, el espíritu del mártir pretendía reivindicar el maderismo de los primeros años. Aquel que se nutría con la defensa de la democracia. Posiblemente era un llamado a retomar los pilares básicos de la lucha cívica -libertad, democracia, ley, justicia-, cuando en el horizonte de la nación aparecía violenta la familia revolucionaria que, sin conocer otro voto más que el de las armas y la mentira, retrasaría por décadas el establecimiento de un régimen democrático.

En 1920 la propia revolución daría cuenta, en forma definitiva, de la democracia maderista. La  desesperanza parecía invadir nuevamente el ánimo público. Así lo expresó Federico González Garza -fiel amigo y colaborador de Madero-, desde el exilio, en una carta que con motivo del aniversario luctuoso del ""apóstol"", escribió a doña Sara Pérez:

""...el trágico fin [de Madero] fue para los altos intereses de la patria mexicana, la mayor calamidad que pudo sobrevenir a un pueblo que, como el nuestro, viene luchando trabajosamente por subsistir como pueblo civilizado. Los que fuimos testigos de aquella gran tragedia en que se hicieron perecer hombres como Madero, de un tipo y de un calibre moral que nuestras futuras generaciones difícilmente podrán reproducir; los que vimos caer al ilustre amigo y gran patriota, el único que pudo señalar y mostrar a los mexicanos el verdadero camino que podría conducirlos pacíficamente a la conquista efectiva de sus libertades; sentimos contristada el alma considerando el violento y prematuro fin que tuvo un hombre bueno, de quien sus compatriotas tanto pudieron aprovechar, de haber sabido inspirarse en la excelencia de sus virtudes cívicas"".

La viuda de Madero no difería mucho de la opinión de González Garza. La tristeza continuaba presente en su alma. Los últimos años habían sido difíciles. Por su propia seguridad, se vio obligada a abandonar el país días después del entierro. Con gran pesar dejó atrás los restos de su marido, sus recuerdos, a su familia y a su patria. El destino la trajo de vuelta a México tres años después, en 1916. Regresó sin pretensiones, no buscaba compasión o lástima. Vivió con tranquilidad en una modesta casa de las calles de Tonalá en la colonia Roma. En 1920 el dolor aún estaba presente:

""...es el séptimo aniversario de la desaparición de mi amado compañero                 -escribió a Federico González Garza- y puede usted creer que me espanto de pensar que han pasado ya siete largos años y que los he podido sobrevivir muy a mi pesar aunque en espíritu viva a su lado. Si como usted dice los que tuvieron la fortuna de conocerlo de cerca sienten contristada el alma, qué le diré yo, amigo mío, que era en este mundo mi más grande afecto, que él había absorbido todo mi ser y que yo había concentrado mi alma y mi vida en la suya.""

Doña Sara conservaba aún la ropa sucia por la tierra, y tinta en sangre que le fue devuelta por los hombres de Huerta en 1913. Carolina Villarreal, esposa de Gustavo Madero, guardaba también ""un fragmento de la camiseta marcado con las iniciales ‘G.A.M.’ y el ojo de esmalte, envuelto en algodón"" -dolorosas reliquias que daban testimonio del brutal asesinato de su querido Gustavo. Junto con María Cámara, -viuda de Pino Suárez-, doña Sara y doña Carolina presidieron las ceremonias luctuosas de febrero de 1920. Asistieron por cortesía pero no necesitaban homenajes para mantener viva la memoria de sus esposos. El corazón se habían encargado de hacerlo.

Los años hicieron su trabajo y cicatrizaron las heridas. Doña Sara vivió tranquilamente los últimos años de su vida en una de las calles de la tradicional colonia Roma: ""Me parecía imposible ver de lejos -escribió José Emilio Pacheco en su novela Las batallas en el desierto- a una persona de quien hablaban los libros de historia, protagonista de cosas ocurridas cuarenta años atrás. la viejita frágil, dignísima, siempre de luto por su marido asesinado"".

Cuando la vida de doña Sara se acercaba al ocaso, cayeron en sus manos algunas fotografías y recortes de periódico de los años en que Madero había sido presidente. Los recuerdos recorrieron su alma. Por un momento vio a su Francisco nuevamente con vida. Su memoria no detuvo su camino en esos años; la llevó más atrás, a su querida casa construida frente a la plaza siempre llena de árboles, en San Pedro de las Colonias.

Sara prestó particular atención a uno de los recortes. Era un artículo del poeta peruano José Santos Chocano, amigo de Madero, titulado ""Personaje Dantesco"". Con su excelente pluma, Chocano describía en él los últimos días del hombre que había asesinado al ex presidente en 1913:

""Director de prisiones o algo así fue nombrado Francisco Cárdenas por la oligarquía que reemplazó a Estrada Cabrera en Guatemala. En el mes siguiente a la caída del dictador, el retrato de Francisco Cárdenas apareció, con elogios entusiastas, en la primera página del Diario de Centro América. A pesar de todo ello, en cuanto la Legación de México pidió la extradición de tal personaje dantesco, la oligarquía guatemalteca resolvió concederla. Cárdenas se dio a la fuga, pero fue detenido. En plena Plaza de Armas de Guatemala, logró desasirse de quienes los conducían y sacando presuroso el revólver que lograra retener escondido, supo valerosamente ponerle fin a su vida, con un disparo. En la eternidad, Dante lo recibió, sin duda; y lo condujo de la mano, como a un personaje propio, hacia su infierno. En el camino, el alma del suicida se encontró con la de Madero, que, apiadado dejó caer en la Noche eterna tres palabras que se volvieron tres estrellas: ‘Yo te perdono’.

Sara falleció el 31 de julio de 1952, tenía entonces 82 años y casi cuarenta de viuda.