Bastión intelectual del siglo XX

La reconstrucción - Vida Cotidiana

La caída del Porfiriato no significó el abrupto fin de la educación positivista -el proceso llevaría todavía algunos años- pero la Revolución trajo consigo nuevas ideas. Con el ascenso del maderismo, los cursos en la Escuela Nacional Preparatoria volvieron a la normalidad. Muchos estudiantes apoyaron el régimen de Madero, sin embargo, en febrero de 1913, al sobrevenir el golpe de Estado de Victoriano Huerta la situación se tornó difícil.

El nuevo dictador intentó a todas luces militarizar la preparatoria -buscaba tener una reserva militar por si la lucha contra los revolucionarios en el norte del país le era adversa. Fieles a su tradición contestataria los estudiantes se opusieron por todos los medios al nuevo proyecto y tomaron las calles para protestar. La mano dura de Huerta se hizo presente, algunos alumnos fueron encarcelados, otros expulsados. El 30 de agosto de 1913 llegó la puntilla final, el chacal expidió el reglamento por el cual se establecía ""una organización disciplinaria tan semejante a la militar como lo permita la índole del establecimiento, en general, y el plan de estudios en particular"".

Pero al igual que su gobierno, el capricho educativo de Huerta duró tan sólo unos meses. Con el triunfo de la revolución constitucionalista en 1914 -y a pesar de que la etapa más violenta estaba próxima a comenzar-, la preparatoria recuperó su vida intelectual y comenzó a gestarse una nueva época de grandeza.

En 1915, la Escuela Nacional Preparatoria dio a luz a la mexicanidad. A través de una profunda reflexión en torno al movimiento revolucionario, al ""México profundo"", a la violencia, a la destrucción y a la muerte, una brillantísima generación de estudiantes redescubrieron México: Manuel Gómez Morín, Vicente Lombardo Toledano, Alfonso Caso, Teófilo Olea y Leyva, Miguel Palacios Macedo, Antonio Castro Leal y Alberto Vázquez del Mercado. Conocidos como los ""siete sabios"", padecieron en carne viva -y desde la preparatoria- la sangre derramada durante la Decena Trágica, las ocupaciones militares de la Ciudad de México, la hambruna y la influenza, el penoso y dramático rompimiento revolucionario.

Y con optimista estupor nos dimos cuenta de insospechadas verdades [escribió Manuel Gómez Morin en su ensayo 1915]. Existía México como país con capacidades, con aspiraciones, con vida, con problemas propios[…] No era nada más una transitoria o permanente radicación geográfica del cuerpo estando el espíritu domiciliado en el exterior. Y los indios y los mestizos y los criollos, realidades vivas, hombres con todos los atributos humanos[…] Existían México y los mexicanos.

Junto con otros estudiantes como Daniel Cosío Villegas, Manuel Toussaint y Narcisco Bassols, la llamada generación de 1915 retomó el camino de la crítica señalado por el Ateneo de la Juventud desde 1909. Aquellos jóvenes fueron sus herederos intelectuales pero no se detuvieron exclusivamente en las ideas, lograron materializar la ideología revolucionaria al incorporarse como asesores, funcionarios y maestros a los regímenes emanados de la Revolución mexicana.

La revolución nos creó [escribió Daniel Cosío Villegas en su obra Ensayos y notas], y mantuvo en nosotros por un tiempo largo, largo, la ilusión de que los intelectuales debíamos y podíamos hacer algo por el México nuevo que comenzó a fraguarse cuando todavía no se apagaba completamente la mirada de quienes cayeron en la guerra civil. Y ese hacer algo no era, por supuesto, escribir o siquiera perorar, era moverse tras una obra de beneficio colectivo.

Al iniciar la década de 1920, la cruzada educativa de José Vasconcelos le dio un impulso definitivo a la Escuela Nacional Preparatoria. La idea mexicanista prevaleció y mientras los estudiantes seguían asistiendo a los cursos para escuchar las cátedras de Antonio Caso, Vicente Lombardo Toledano, Samuel Ramos, Narciso Bassols, Isaac Ochotorena -entre muchos otros-, los muros de la preparatoria fueron entregados a José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera o Fermín Revueltas que, entre figuras y colores, dejaron plasmada su interpretación del nuevo México, el que surgía de los campos revolucionarios.

Una mañana [escribió Manuel González Ramírez] hizo su aparición un hombre gordo, vestido descuidadamente, que portaba bastón tricolor de Apizaco, y que se hacía acompañar de una mujer alta, bella, telúricamente rara, así como de otras personas que parecían ayudantes del gordo. Estruendoso recibimiento les hicimos los estudiantes. Abigarrado aspecto era el de aquel grupo que lentamente se dirigía hacia el anfiteatro. A partir de esa fecha, día con día fue repitiéndose la escena de la recepción a gritos rotundos y a silbidos extraordinarios. Eran Diego Rivera y Lupe Marín.

Por su importancia histórica y artística -joya del barroco, enriquecida por los muralistas- el edificio del Colegio de San Ildefonso fue declarado monumento nacional mediante un decreto el 9 de febrero de 1931.

En los siguientes años, la escuela de la calle de San Ildefonso volvió a ser el semillero de donde salieron decenas de hombres y mujeres que fueron protagonistas de la historia política, social, artística y cultural de México en el siglo XX. En su extenso registro de alumnos se encuentran Octavio Paz, Frida Kahlo, Miguel Alemán Valdés, José López Portillo, José Luis Cuevas, Alejandro Gómez Arias, Carlos Madrazo, Manuel González Ramírez.

Como en otros momentos de su historia, no hubo acontecimiento en el cual no estuvieran presentes los preparatorianos con el ánimo rebelde y contestatario que los inspiraba. Lo mismo se sumaban un movimiento artístico que fundaban periódicos, participaban en concursos de oratoria o en debates públicos. Al desarrollarse el movimiento por la autonomía universitaria en 1929, los estudiantes apoyaron a sus compañeros de la universidad. Cuando el maestro José Vasconcelos lanzó su candidatura presidencial en el mismo año, los alumnos crearon batallones cívicos para impulsar su campaña. Incluso acontecimientos que parecían lejanos, como la Guerra Civil española o la Segunda Guerra Mundial, eran debatidos en los pasillos de la preparatoria.

Mucho contribuyó al enriquecimiento de la vida intelectual, cívica y política de los estudiantes el hecho de que tanto la Preparatoria como las distintas escuelas de la Universidad Nacional se encontraran en el centro de la ciudad. Alrededor de San Ildefonso se ubicaban las escuelas de Iniciación Universitaria, Leyes, Odontología y Medicina entre las más importantes.

En el llamado barrio universitario todo se encontraba a tiro de piedra. La única librería importante del rumbo era la Porrúa, pero la Biblioteca Nacional se hallaba a unas cuantas cuadras, en el templo de San Agustín. Al terminar las primeras clases, los estudiantes acudían a las casas y vecindades donde se ofrecían desayunos baratos. Por la tarde, los sitios obligados de reunión eran los cafés de chinos. Fuera de la Preparatoria, los más jóvenes obtenían golosinas echando volados con los merengueros mientras los mayores se divertían por horas en los billares cercanos.

Al conmemorarse el primer centenario de la Escuela Nacional Preparatoria en 1967, San Ildefonso había visto sus mejores tiempos. La inauguración de Ciudad Universitaria en 1952 representó el fin de una era. Escuelas y facultades se trasladaron al Pedregal de San Ángel y con ellas se fue la importante tradición intelectual que se respiraba en el barrio estudiantil y alcanzaba por mucho a los preparatorianos. La Escuela Nacional Preparatoria adscrita a la UNAM, comenzó a ser conocida como la Prepa 1. Por las propias necesidades educativas de la población, el número de alumnos aumentó de manera importante. Para tratar de remediar el deterioro del proyecto educativo, se reformó el plan de estudios proponiéndose tres años de escolaridad en lugar de dos.

Los festejos por el centenario de la Escuela iniciaron el 1 de julio de 1967. La organización del magno evento -que duraría un año y se realizaría en los nueve planteles preparatorianos con que ya contaba la UNAM- incluía ceremonias conmemorativas, conferencias, veladas literarias y musicales, publicaciones, un congreso nacional de escuelas preparatorias, concursos para estudiantes, actividades deportivas y exposiciones. Los festejos debían concluir el 30 de julio de 1968, pero al aproximarse los últimos días de la extensa celebración estalló el movimiento estudiantil y la sombra de la represión y el autoritarismo del régimen de Díaz Ordaz cubrió a México.

El 30 de julio de 1968 el ejército mexicano tomó diversos planteles educativos adscritos a la Universidad Nacional y al Instituto Politécnico. El movimiento estudiantil comenzaba a organizarse y cerca de 400 estudiantes se atrincheraron en la Preparatoria 1, ubicada en el viejo y legendario edificio del Colegio de San Ildefonso. Sus muros eran suficientemente sólidos, no para dar una batalla armada sino para defender ideas y principios, la vieja construcción era, sin más, un bastión intelectual.

El antiguo barrio universitario del centro de la ciudad parecía un campo de batalla. Barricadas, autobuses incendiados y gases lacrimógenos habían transformado el paisaje urbano en los últimos días. El ejército avanzó por las calles hasta rodear San Ildefonso; el oficial a cargo de la operación intimó a los estudiantes a rendirse y a entregar el edificio pero no hubo respuesta. Impaciente, el general llamó a uno de sus hombres que de inmediato preparó una bazuka, tomó distancia y esperó la orden.

La puerta voló en pedazos. El humo impedía ver los restos de la hermosa puerta barroca tallada en el siglo XVIII. Pedazos de madera regados por el suelo, olor a pólvora y soldados ingresando en el viejo Colegio de San Ildefonso parecían evocar lo sucedido 201 años atrás, cuando las tropas del virrey ingresaron al edificio para hacer efectiva la expulsión de los jesuitas de los dominios españoles. Pero en aquel lejano año de 1767 la ocupación se había realizado de manera pacífica. En 1968 muertos y heridos fueron levantados en los patios del Colegio. La intolerancia del sistema político mexicano había arremetido contra un recinto que a lo largo de su historia y particularmente en el siglo XX enarboló la defensa de la libertad, la tolerancia, la reflexión y la crítica.

Al comienzo de los años setenta el centro de la Ciudad de México -en lo que fuera el barrio estudiantil- cambió su rostro académico e intelectual por el del ambulantaje, el comercio establecido, las cantinas y las marchas. El viejo edificio de San Ildefonso seguía en pie y sus espacios aún se llenaban con los estudiantes de la Preparatoria 1. Sin embargo, la masificación de las escuelas de la Universidad Nacional -impulsada por el presidente Luis Echeverría para congraciarse con los estudiantes luego de los sucesos del 68- abrió las puertas al porrismo y a la delincuencia. Del nivel académico sólo quedó el recuerdo.

En 1978 San Ildefonso dejó de recibir estudiantes. La Preparatoria 1 y las oficinas administrativas cambiaron de sede y el inmueble quedó en manos del Patrimonio Universitario de la UNAM. En ocasiones se organizaban cursos, conferencias u otras actividades culturales, pero el deterioro del edificio era evidente. Por más de una década, la antigua construcción del siglo XVIII entró en un proceso de franco abandono que concluyó en 1992 cuando fue restaurado para albergar la magna exposición México: esplendores de 30 siglos. A partir de ese momento las puertas de San Ildefonso se abrieron de nuevo; no para las cátedras o reuniones estudiantiles de los viejos tiempos, sino para dar cabida al arte y la cultura. Su tradición ha quedado resguardada para el futuro.

Bastión intelectual, San Ildefonso albergó en sus aulas maestros y alumnos que compartieron algo más que las ideologías imperantes en distintas épocas, compartieron una conciencia de grupo que llevó a varias de sus generaciones a participar de manera determinante en la historia mexicana. Como colegio jesuita, sus cátedras despertaron por vez primera el sentimiento patriótico, la idea criolla de la nación mexicana. Como colegio nacional sus alumnos se empaparon del liberalismo. Como Escuela Nacional Preparatoria sus años fueron iluminados bajo la luz del positivismo durante el Porfiriato y por el descubrimiento de la mexicanidad al concluir la Revolución mexicana. Hoy, como lugar para la cultura y el arte continúa escribiendo su historia.