La Sociedad de Autores y Compositores

Música - Instituciones

Alejandro Rosas

No parecía una firma notarial; tampoco una firma de autógrafos ni el intermedio de una función de teatro de revista o un programa de la xew donde se presentaban las estrellas del momento. Tenía tintes más bien de un encuentro de amigos, listos para la bohemia.

          Y, sin embargo, en el despacho 17 del número 31 de la calle de República del Salvador, aquel 22 de febrero de 1945 se habían reunido un sinnúmero de autores y compositores para darle forma a una idea que venían desarrollando desde tiempo atrás: la fundación de la Sociedad de Autores y Compositores de la Música (sacm).

           Los firmantes tenían una larga trayectoria en la música mexicana, de éxitos, fracasos, de momentos estelares o situaciones sombrías pero, al fin y al cabo, eran parte de la misma historia y no sólo los unía el gusto por la música, el talento, la pasión por componer y crear; todos, en mayor o menor medida, habían padecido lo mismo: eran compositores que habían pasado penurias económicas, que difícilmente podían vivir de sus obras y que, en muchos casos, tuvieron que malbaratarlas para sobrevivir, apenas.

           Hacia 1945, sus nombres ya sonaban por doquier: Alfonso Esparza Oteo; Ignacio Fernández Esperón, mejor conocido como Tata Nacho, Mario Talavera, Gonzalo Curiel, Manuel M. Ponce, Manuel Esperón, Alfredo Carrasco, Alberto Domínguez, entre otras personalidades. Lo importante del acto que tuvo lugar ese día, fue que habían logrado consolidar una conciencia colectiva, una solidaridad gremial que se materializó en una organización cuyos objetivos fundamentales consistirían en preservar los derechos de autor que correspondían a los creadores de obras musicales, gestionar en México, y en el extranjero, el respeto de esos derechos en beneficio de los socios de la naciente agrupación; y tramitar ante las autoridades el reconocimiento de los derechos autorales de cada socio en particular, y los de la Sociedad en general.

            A penas un mes después, el 22 de marzo, quedó definitivamente constituida esa entidad civil, encontrándose entre sus fundadores, además de los ya nombrados, Gabriel Ruiz, José Sabre Marroquín, Luis Arcaraz, Ricardo López Méndez, Pepe Guízar, Raúl Lavista, Felipe Bermejo, Pedro Galindo, Agustín Lara, Armando y Abel Domínguez, Pablo y Carlos Martínez Gil, Ernesto Cortázar, Severiano Briseño, José Antonio Palacios, Ramón Márquez, Miguel Lerdo de Tejada, Chucho Monge, Alfredo Núñez de Borbón, José Antonio Zorrilla, Federico Baena, Consuelo Velázquez y Quirino Mendoza.

            Algo de quijotesco, algo de utopía asomaba en la idea de unirse para defender sus derechos autorales, considerando que la historia parecía jugar en su contra: nunca antes en México se habían pagado regalías por los derechos de reproducción, por las interpretaciones de sus obras, por escucharlas en la radio, en el cine (en ese entonces no había aún televisión). Y, sin embargo, ahí comenzó la historia de la Sociedad de Autores y Compositores de México.