Ángeles en Morelos

La revolución - Hechos

El 2 de junio de 1912, Felipe Ángeles fue ascendido a general de brigada y en agosto, el presidente Madero lo envió a Morelos para tratar de pacificar la región con métodos más conciliadores. Su arribo al estado, no trajo la paz pero abrió la posibilidad de la reconciliación. El militar demostró, con creces, que su respeto por la vida humana estaba por encima de su devoción por la guerra.

""Para atenuar tantos males nos enviaron a un nuevo comandante, el general Felipe Ángeles -escribió Rosa E. King-. Recuerdo los meses de su jefatura como un interludio en el que al menos fugazmente, algo de la antigua paz regresó a Cuernavaca... El general Ángeles era delgado y de buena estatura, más que moreno, con la palidez que distingue al mejor tipo de mexicano, de rasgos delicados y con los ojos más nobles que haya visto en un hombre. Se describía a sí mismo, medio en broma, como un indio, pero sin duda tenía el aspecto que los mexicanos llaman de indio triste. Otros grandes atractivos se encontraban en el encanto de su voz"".

Ángeles intentó mostrar a los zapatistas la otra cara del régimen maderista; la que el presidente interino Francisco León de la Barra con sus intrigas o Victoriano Huerta y Juvencio Robles con sus asesinatos habían borrado. Era el rostro luminoso del régimen cuya bandera coincidía con la del zapatismo: libertad, justicia y ley. Ángeles llegó a Morelos con la voluntad de entender y dispuesto a sentarse a negociar con la razón, no con las armas.

""Asesinar a los inocentes e incendiar las moradas de los pobres, son procedimientos que nunca aceptaré -declaró Ángeles el 1 de diciembre de 1912-, sólo eficaces para avivar la hoguera de la revolución; la justicia sin compasión para el criminal y bondadosa para el pacífico honrado, es la única arma de los fuertes"".

La estancia en Morelos, le permitió al ex director del Colegio Militar, analizar con profundidad la rebelión zapatista. Si bien el conflicto tenía su origen en la lentitud con que el gobierno maderista había abordado el problema de la restitución de tierras, miembros del antiguo régimen habían desatado una campaña a través de la prensa, donde mostraban a los zapatistas como una horda de bárbaros, ""bandidos feroces"", ""contumaces asesinos"", ""hombres primitivos de instintos salvajes"". A su caudillo, Emiliano Zapata, pronto se le conoció en la capital como el ""Átila del sur"". Los periódicos, por otra parte, no reparaban en elogios para el ejército federal: ""heroicos y esforzados defensores del honor nacional"", ""inmaculados"", ""víctimas del caos surgido con el movimiento revolucionario"".

Era evidente que la violencia del zapatismo había surgido como respuesta a la violencia del gobierno. Ángeles criticó los métodos de exterminio de los generales Victoriano Huerta y Juvencio Robles, y a la prensa por su ""falta de tacto indecible"" al publicar noticias falsas acerca de la supuesta barbarie de los ejércitos del sur, que sólo servían de justificación para que las tropas federales se ensañaran con la población civil.

La presencia de Ángeles en Morelos representó un último esfuerzo del gobierno maderista para alcanzar la paz. Existía la clara voluntad de procurar un acercamiento y ni siquiera el terrible ataque de las fuerzas del general zapatista Amador Salazar a un tren -en agosto de 1912-, con un saldo de sesenta víctimas, impidió que los esfuerzos a favor de la pacificación se interrumpieran. Y aunque las fuerzas de Zapata nunca depusieron las armas, si disminuyeron considerablemente su actitud bélica. Atrás quedaron los violentos métodos del general Juvencio Robles -azuzado por Huerta- que durante varios meses quemó pueblos enteros, reconcentró a sus habitantes, realizó fusilamientos en masa y permitió la rapiña de sus hombres.

""Ángeles nunca olvidó -escribió Rosa E. King- que Zapata y Madero alguna vez persiguieron juntos el mismo objetivo: libertad, justicia y condiciones de vida decentes para las masas; y le parecía trágico que los partidarios de ambos, todos revolucionarios, se hicieran daño unos a otros. En ciertos cuarteles se criticaba que no se decidiera de una vez por todas a acabar con Zapata, pues era conocido como un comandante enérgico, el mejor artillero de México y el inventor de un poderoso cañón. Siempre me impacientaron tales comentarios. Me parecía que su conducta demostraba la más profunda y sensata lealtad hacia el presidente Madero y lo que éste representaba.""