Ángeles de la muerte

La revolución - Hechos

Alejandro Rosas

Su triste destino era ver de frente a la muerte. No cargaban un fusil al hombro ni les correspondía matar, pero su valentía y la dignidad de su trabajo era, sin duda, inaudita. Recorrían los campos revolucionarios curando heridos, asistiendo a los moribundos o sepultando cadáveres.

          Manuela de la Garza era originaria de Piedras Negras. Su férrea oposición a los crímenes del huertismo la llevo por los senderos de la revolución constitucionalista como contrabandista de armas y enfermera. En 1914, doña Manuela escribió una proclama incendiaria donde la patria, que buscaba la redención, se reflejaba en la muerte. “¿Qué más bello cuadro que esa legión de mexicanas, de abnegadas que dejan la tranquila paz de sus hogares para arrancar del borde del sepulcro al triste soldado que agoniza; y levantar sobre el cadáver de infames esclavistas cada vez más alto el estandarte del honor, y protestar con la fuerza de las armas contra los déspotas que en mala hora llegaron por una senda sembrada con cráneos de invictos paladines a usurpar la más alta investidura del poder?”.

         Doña Manuela se retiró en 1915, cuando los propios revolucionarios sacrificaron a la república luchando entre sí. Años más tarde, durante la rebelión delahuertista (1923-1924) un nuevo “ángel de la muerte” recogió la herencia de doña Manuela.

         Conocida como la “Destroyer”, María Zavala alcanzó el reconocimiento de los rebeldes porque  “ayudaba a bien morir a los soldados”.  Con su gesto adusto, se le veía recorrer los campos cargando hierbas de olor y recitando rezos para dar los santos óleos a los combatientes que agonizaban. Utilizaba aceites y menjurges para ungir y amortajar los cadáveres y con ayuda de algunos hombres, les daba cristiana sepultura. Parecía una emisaria de la muerte, pero su bondad y afecto era una luz de esperanza para quienes estaban próximos a morir.

          Quizás al arrojar el último puño de tierra, María Zavala despedía a los hombres, con las palabras que doña Manuela había hecho famosas en 1914: “¡Benditos mil veces seáis, sublimes mártires! ¡Que vuestra sangre inocentemente derramada en holocausto de vuestras libertades, sea el pendón que el pueblo eleve para arrojar Honor a nuestros mártires demócratas! ¡la patria, llena de cadáveres, de luto y de dolor, os bendice!