Ángel salvador

La revolución - Vida Cotidiana

Tenebrosas historias referían que los improvisados soldados -casi niños- eran obligados a formar la vanguardia en el ataque. A los ojos de los viejos generales huertistas la estrategia no podía ser mejor: los revolucionarios gastaban sus primeras y más nutridas descargas de fusilería sobre los inexpertos combatientes y al recargar sus armas, el ejército federal regular entraba en acción pasando sobre los cadáveres de sus jóvenes compañeros. La leva -terrible método de reclutamiento forzoso- parecía ser efectivo.

El alcohólico dictador Victoriano Huerta no quiso apostar su futuro al viejo ejército porfirista -incapaz de frenar la revolución de Madero en 1911-, y decidió engrosar sus filas con sangre nueva. Durante buena parte de 1913 y 1914 la ciudad de México vivió atemorizada ante las redadas huertistas que sorpresivamente caían sobre los jóvenes para sumarlos a las filas del ejército federal, el cual debía combatir a las tropas de Villa y Obregón en el norte del país. Ante semejante futuro, ""leva"" era sinónimo de muerte.

Miguel Souto Becerra, estuvo a punto de ver terminados sus días en algún campo de batalla. Nacido en 1900, milagrosamente evadió su futuro en el ejército y salvó la vida gracias a la intervención -quizá divina- de una generosa mujer.

Sorprendido por algunos esbirros de Huerta que ya lo imaginaban uniformado y con fusil al hombro, Miguel puso pies en polvorosa por las principales calles del centro de la ciudad de México. Al llegar a un callejón se encontró con una mujer que, viéndolo asustado y a punto del desfallecimiento absoluto, tomó una increíble decisión: sin pensar siquiera en el pudor propio de su sexo, le ofreció sus enaguas como escondite.

El joven no lo pensó dos veces; se metió bajo el amplio vestido y al llegar los oficiales huertistas la amable señora, con toda calma y serenidad posibles, los envió en otra dirección. Miguel salió de su curioso refugio y agradeció eternamente a la señora. La vida lo llevaría por otros derroteros, pero no los de la revolución. De aquella dama -¿un ángel?- no volvió a saber jamás. Y de la leva, lo único que llegó a conocer fue quizá  el primer verso del triste corrido de Juan soldado: ""A la edad de quince años/ me cogieron de leva/ para ir a ser soldado/ del ‘Dos’ de Morelia...""