Amores en Apaseo. La Güera Rodríguez

Aires libertarios - Vida Cotidiana

A finales del siglo XIX, los mayores se reunían para contar historias en la plaza Juárez de Apaseo, Guanajuato. Por encima de todas las anécdotas, la gente del pueblo disfrutaba una en particular, la que refería la presencia de una hermosa mujer que logró cautivar a propios y extraños cuando la guerra de Independencia llegaba a su fin.

Era una mujer cautivadora que sembraba a su paso un aroma de lujuria. Su mirada rendía a los hombres y su cuerpo era la pasión encarnada. Sabía sacarle provecho a sus atributos físicos, a los cuales ningún caballero podía negarse. Se decía que había enseñado el arte del amor a Simón Bolívar cuando apenas era un mozo, que mostró detalladamente la geografía de su cuerpo al viajero y científico alemán Alejandro de Humboldt y que en 1820 le tomó cariño a un ambicioso caudillo en otro momento perseguidor de insurgentes: Agustín de Iturbide.

Según contaban los lugareños de Apaseo, la famosa ""Güera"" Rodríguez guardaba una estrecha amistad con el dueño de la famosa Casa de los Perros y por ello sus puertas estuvieron siempre abiertas para recibirla. A principios de 1821, cuando Iturbide cambió de bando y se puso al frente de la causa insurgente, las habitaciones de la Casa de los Perros sirvieron de refugio para el encuentro de los dos personajes.

La Güera llegaba al Bajío portando noticias de la ciudad de México; el libertador, por su parte, suspendía momentáneamente la campaña militar y galopaba presuroso hacia Apaseo para encontrarse con su amada María Ignacia —nombre de pila de la Güera—. Luego de algunos minutos de conversación sobre asuntos políticos, la joven pareja se entregaba al amor.

""Según refiere la tradición popular —escribió el cronista Mariano González Leal—, en tal finca se entrevistaron en repetidas ocasiones el caudillo don Agustín de Iturbide y la hermosa ‘Güera’ Rodríguez, e incluso se dice que esta última llegó allí a convencer al hasta entonces decidido jefe realista de abrazar la causa independiente...""

La escena se repetía una y otra vez, hasta que México alcanzó su independencia en septiembre de 1821. Atrás quedaron los apasionados días de Apaseo y el amor se trasladó a la ciudad de los palacios, capital del nuevo país, en donde Iturbide, según cuentan las malas lenguas, desvió el desfile triunfal del ejército trigarante para pasar frente al balcón de la casa de la Güera Rodríguez.