Amor en silencio: Melchor Ocampo

La era liberal - Personajes

Alejandro Rosas

En su famosa epístola, que estaba integrada en el artículo 15 de la ley del matrimonio civil del 23 de julio de 1859 –decretada en plena guerra de Reforma-, Melchor Ocampo escribió que el matrimonio era “el único medio moral de fundar la familia, de conservar la especie y de suplir las imperfecciones del individuo que no puede bastarse á si mismo para llegar á la perfección del género humano.”

          Su énfasis en la fundación de la familia era notable; surgía de lo más profundo de su historia personal: Ocampo fue amado y amó con libertad pero en circunstancias muy particulares: había sido niño expósito –como se referían en el siglo XIX a los niños abandonados a las puertas de un convento, una parroquia o una casa-, nunca supo quienes fueron sus padres, rehuyó a formar una familia, a lo largo de su vida adulta ocultó su amor y no reconoció a sus hijas sino hasta momentos antes de ser fusilado en 1861. Paradójicamente, el gran impulsor de la ley del matrimonio civil, nunca contrajo matrimonio.

          Melchor encontró el cariño y la comprensión de una verdadera madre en los brazos de Francisca Xaviera Tapia, heredera de una antigua hacienda colonial que le permitía vivir desahogadamente y hacer caridad. Bajo el mismo techo, doña Francisca albergó a otra niña expósita, Ana María Escobar, a quien el propio Ocampo consideraba su “hermana mayor”, pero que con el tiempo se permitió verla con otros ojos. Doña Francisca también la quiso como a una hija, veía en ella incontables virtudes; era responsable, dedicada, cariñosa, digna de toda su confianza y además avezada en las labores domésticas propias de la hacienda.  

          Doña Francisca falleció en 1831, cuando Melchor tenía 17 años, pero le heredó la hacienda de Pateo, suficiente para sostenerse y hacerse cargo de Ana María Escobar. No tardaron en aflorar los sentimientos que guardaban celosamente Melchor y Ana, y se entregaron a una extraña relación. Melchor la amaba, lo apasionaba, la sentía su refugio, se entregó a ella sin ataduras y ella correspondió de la misma forma. Las pocas líneas poéticas que escribió Ocampo, seguramente fueron inspiradas por su amada Ana:

          “Sólo tú infundirme puedes/ el aliento de la vida,/ mi alma doquier combatida/ yerta se hallaría sin ti./ Sólo tu amor consolarme puede,/ contra la impía suerte,/ tu disputas a la muerte/ la presa que hizo ya en mí”.

          Durante la década de 1830, Melchor tuvo 3 hijas con Ana, Josefa, Petra y Julia, sin embargo, inexplicablemente, no les reveló la identidad de su madre y Ana lo consintió. Por la mente de Ocampo nunca pasó sentar cabeza y formar una familia; condenó a sus hijas a correr su misma suerte: crecer sin padres y sin familia, en un internado. No quisieron mostrar su amor a la luz pública, el pudor, las culpas, el temor a la moral social lo impidieron, incluso para un liberal como Ocampo, era demasiado anunciar que se había enamorado de su “hermana mayor” –aunque no fueran de la misma sangre-, y que además ya tenían descendencia.   

          A partir de la década de 1840, Ocampo se dedicó a viajar, conoció los caminos de Michoacán y su industria, impulsó el desarrollo de la hacienda de Pateo, marchó a Europa, observó, reflexionó, volvió al país convencido de los principios liberales y del obstáculo que representaba la iglesia para el desarrollo del país. A principios de la década de 1850, Ocampo saltó al escenario nacional de manera definitiva y se convirtió en uno de los grandes personajes que rodearon a Benito Juárez y que impulsaron la separación entre la iglesia y estado en 1859 con las leyes de Reforma.

         A pesar del caos nacional desatado con el ascenso del liberalismo y su enfrentamiento con los conservadores, en el cual fue protagonista, Ocampo nunca descuidó a Ana María Escobar. Su mujer, “mística, bondadosa, abnegada y silenciosa” –como la describió el historiador José C. Valadés-, aceptó la situación, pero no por ello, dejó de sufrir, padeció en silencio el dolor provocado por la separación de sus hijas. Ana falleció en 1860.

        Un año después, en 1861, Ocampo cayó en manos de los conservadores. Momentos antes de ser fusilado pensó en sus hijas; en su última voluntad expresada por escrito, las reconoció e indicó el lugar donde se encontraba el testamento de su amantísima Ana María Escobar, “está en un cuaderno en inglés entre la mampara de la sala y la ventana de mi recámara”. De ese modo, Ocampo entregó a sus hijas la verdad oculta durante tantos años: finalmente supieron que Ana María Escobar había sido su madre.

         Con la conciencia tranquila, el 3 de junio de 1861, Melchor Ocampo se dispuso a ser ejecutado. “Muero creyendo que he hecho por el servicio de mi país cuanto he creído en consecuencia que era bueno” escribió. Su corazón le fue entregado a su hija Josefa y ella lo donó al Colegio de San Nicolás de Hidalgo en Morelia, donde hoy se encuentra expuesto.