Adiós, amigo: la agenda bilateral en 1909

El Porfiriato - Hechos

Las visitas de mandatarios norteamericanos a México parecieran hoy en día un mero asunto de rutina. Sin embargo, anteriormente la situación era distinta.

Desde mediados del siglo XIX, México encabezó una lista de países latinoamericanos con una dependencia económica y política con el país del norte, la cual se acrecentó radicalmente, a partir del desarrollo superlativo que Estados Unidos alcanzó para posicionarse como una de las principales potencias del mundo.

Aun así, el desarrollo, lento pero efectivo, que México logró durante el porfiriato, le permitió, relativamente, dejar de ser una comparsa en la agenda norteamericana, y más aún, comenzó a mostrarse como un elemento indispensable con la capacidad legítima para la negociación en los asuntos de las relaciones bilaterales. Ello aunado, por supuesto, a la necesidad de Estados Unidos para mantener en paz su frontera sur y como un aliado indispensable en sus intenciones políticas.
 
La primera década del siglo XX marcó el inicio del cambio de rumbo en sus relaciones con el país del norte. Por un lado, el gobierno del presidente Porfirio Díaz luchaba palmo a palmo para poner a México en el concierto de las naciones como un país preparado para la inversión extranjera, y por otro lado, Estados Unidos intentaba consolidarse ante los ojos del mundo como potencia económica y política.

Así y bajo estas premisas se dio la primera reunión entre mandatarios de ambos países, el 16 de octubre de 1909 en El Paso, Texas y en Ciudad Juárez, Chihuahua. Aunque se desconocen los puntos exactos que conformaron la agenda tratada por Porfirio Díaz y William H. Taft, se sabe por las crónicas de la época, que durante el desayuno en el hotel Saint Regis, en reunión privada y en que fungió como traductor el gobernador del estado, Enrique Creel, se trataron los temas de las inversiones petroleras en México por parte de compañías norteamericanas, la distribución de recursos hidráulicos para ambas regiones, y para ello la construcción de la Presa el Elefante (pendiente desde la firma del acuerdo en 1906) y temas masónicos.

No hubo acuerdos formales en ese momento, aunque las pláticas continuaron durante la comida. En el inter, dos momentos simbólicos: la fotografía oficial en la escalinata del edificio de la Aduana, en que ambos mandatarios lucen su personal poderío y la inauguración de la estatua de Benito Juárez.

Para el banquete oficial se dispuso el mismo edificio de la Aduana, el cual fue decorado como uno de los salones principales del Palacio de Versalles. Tapicería grabada, alfombras rojas y retratos de Hidalgo y Washington. El servicio fue traído directamente del Castillo de Chapultepec, vajillas de oro y plata que pertenecieron a Maximilano y cristalería de bacará del mismo emperador. Se colocaron arreglos florales que llegaron en tres vagones directamente de Guadalajara.

Entre brindis y salutaciones, volvieron a la mesa dos de los temas que propiciaron la visita del presidente norteamericano. En tono de reclamo, Taft le dijo a Díaz que exigía un trato igualitario para sus compatriotas, los inversionistas petroleros, pues ellos entendían una desigualdad con respecto a otras naciones, como el caso de Inglaterra (sin mencionarlo, Taft se refería al trato especial de Díaz a Pearson).

Díaz le respondió que las leyes mexicanas eran igual para todos, y que nada podía hacer al respecto. La respuesta causó la incomodidad momentánea de Taft. Entonces Díaz reviró con el tema de la repartición de agua para ambas regiones con la construcción de canales en el Rio Bravo/Colorado, a pesar de que el Tratado de 1906 garantizaba la igualdad de recursos para las dos naciones.

Durante su discurso de agradecimiento el presidente Taft se comprometió a disponer los recursos para la construcción de la Presa el Elefante y de ese modo enmendar lo pactado. La presa inició sus obras en 1911 y se terminó hasta 1916.

La reunión terminó sin más temas oficiales y sólo con el sonar de las copas de oro. Por la tarde Díaz acompañó a su homólogo hasta el puente fronterizo, despidiéndolo a lo lejos con un: ""adiós amigo"". Taft abordó el tren presidencial que lo llevaría a San Antonio, Texas, mientras que don Porfirio permaneció ahí un par de días más para resolver asuntos políticos de la localidad.

Fue evidente que las costumbres y los modos habían cambiado y desde ese momento las relaciones bilaterales, que se fortalecieron, para bien de México, por las políticas de nacionalismo revolucionario, se transformaron en la capacidad de una nueva y autentica agenda de negociación.