A la espera de la muerte: El fusilamiento de Maximiliano

La era liberal - Hechos

""Perdono a todos, ruego que también me perdonen a mí y ojalá que mi sangre beneficie al país. ¡Viva México, viva la independencia!"" Sonaron siete disparos, cinco de ellos atravesaron al emperador, que vestía un traje negro. Cayó al suelo y exclamó en voz baja: ""¡Hombre!"". El oficial al mando se acercó y señaló el corazón de quien aún daba señales de vida y otro soldado disparó a quemarropa poniendo fin a la vida de Maximiliano de Habsburgo, segundo emperador de México.

Poco más de un mes antes de esta escena, Maximiliano le otorgaba al coronel López la medalla del valor y le pidió que -dado que ya estaban sitiados en Querétaro- en caso de que cayeran en manos enemigas, López se encargara de quitarle la vida antes de que lo hicieran los republicanos. Maximiliano no contaba con que su coronel, lo habría de traicionar y bajo amenazas y promesas del general Mariano Escobedo, entregó la plaza y el cuartel general -el convento de La Cruz-.

Así, sesenta y un días después de la valerosa defensa de Querétaro, el 15 de mayo de 1867, Maximiliano entregó su espada al general Mariano Escobedo y junto con sus leales fue encarcelado en el convento de La Cruz. Dos días más tarde, fueron trasladados al antiguo convento de las monjas Teresitas, debido al mal estado de salud del emperador. Juárez mandó aumentar la vigilancia e imponer un trato más severo, así que fueron llevados al convento de las Capuchinas, que podía fungir más como prisión. En las celdas contiguas se encontraban los generales Miramón y Mejía.

Se les juzgó de acuerdo a la ley promulgada por Juárez el 25 de enero de 1862 en la que se prohibía bajo pena de muerte a cualquier mexicano que ayudara a la intervención extranjera en México y amenazaba de muerte a los extranjeros que atentaran contra la independencia del país. Fueron trece las acusaciones hechas a los prisioneros y la ejecución de la sentencia se señaló para el 16 de junio.

Y ahí se encontraba Maximiliano, en una pequeña celda con sólo un catre, una mesa de caoba con dos candelabros, un crucifijo y unas cuantas sillas, soportando la enfermedad que lo consumía poco a poco, serenamente planeando los detalles de su embalsamiento y su traslado a Europa. Repartió entre amigos y parientes los pocos objetos que aún tenía y rogó para que en su ejecución le eligieran buenos tiradores, que no le apuntaran a la cara pero fueran firmes y certeros.

En esa torturante espera, llegó con el día 16, el coronel Palacios y un telegrama en donde señalaba que el fusilamiento se había aplazado tres días. La única concesión que dio Juárez gracias a los ruegos de embajadores, monarcas europeos, centenares de mujeres y hombres -la mujer que más rogó por el indulto de Maximiliano fue la princesa de Salm-Salm. Pero ¿qué importaban tres días más de vida cuando el emperador y sus generales, por dentro ya habían muerto?

Tres hombres fueron fusilados el 19 de junio de 1867 para mandar un mensaje simbólico de parte del presidente Juárez al resto de las monarquías europeas y a toda nación que se atreviera a intervenir en México.

""¿Están ustedes listos, señores? Yo ya estoy dispuesto -expresó Maximiliano-. Pronto nos veremos en la otra vida"", y abrazó a sus compañeros. ""General, -le dijo a Miramón- un valiente debe ser honrado por su monarca hasta en la hora de la muerte"" y le cedió su lugar, en el centro. Después le dijo a Mejía: ""Lo que no es compensado en la tierra, lo será en el cielo"". Un oficial balbuceó algo que parecía una disculpa y Maximiliano respondió: ""Usted es soldado y debe obedecer"" y dio una onza de oro a cada soldado frente a él.

Y sonaron los disparos.