A darse un chapuzón

La era liberal - Vida Cotidiana

Hacia 1860 ya era una tradición en la capital del país, la existencia de las albercas y los baños públicos, tanto para darse un chapuzón como para mantener la higiene. En épocas de calor la gente se volcaba a las albercas donde además gozaba de distintos espectáculos para su entretenimiento.

Al ingresar, la gente recibía dos pastillas de jabón; uno fino y otro de piedra pomez para tallarse muy bien; aceites aromáticos, gotas con pócimas relajantes, un cepillo, una escupidera y varias toallas. Bien armado, el cliente pasaba horas en las tibias y limpias aguas de los baños públicos.

Los había para todas las clases sociales: los ricos acudían a los privados del Hotel Iturbide; el pueblo se deleitaba en los del Factor, San Antonio Abad o en las añejas aguas de Chapultepec; las mujeres gozaban en los sitios exclusivos de su género. Era una tradición que había traspasado todas las épocas y que en el siglo XIX alcanzó su cenit.

La alberca Pane fue la más famosa de la segunda mitad del siglo XIX por la diversión y el entretenimiento que ofrecía a la gente. Durante la primavera y el verano los capitalinos se volcaban para buscar refrescarse en sus aguas, pero además había diversos espectáculos.

De todo ofrecía el empresario Sebastián Pane: Festivales acuáticos, competencias, actos de escapismo, trucos de magia bajo el agua, saltos mortales, la caza de un cochino al que arrojaban a la alberca. En 1864, el público se emocionó con el enfrentamiento entre un perro de Terranova y un perro mexicano en el agua y aplaudió a rabiar al ver al nadador Tomas Jiménez almorzando en lo más profundo de la alberca.

La gente también podía participar, cuando el reloj marcaba las 11 de la mañana de cada domingo, los administradores arrojaban patos vivos a la alberca para que los usuarios pudieran capturarlos y tras hacerlo tenían dos opciones, llevárselos a casa o bien comérselos dentro de las instalaciones.