"Una noche ""Magic"""

La época de las crisis - Vida Cotidiana

""Disco"", ""coctail party"", ""barra libre"", son palabras en desuso, enterradas en el pasado ochentero y apenas recordadas por una generación que también dejó atrás los peinados imposibles, sostenidos por litros de laca y el revolucionario mousse, los videoclips y las cervezas servidas en yardas.

    La noche chilanga en la década de los ochenta, era tan artificial como la bisutería de moda o la arquitectura escenográfica de los edificios posmodernos. Sin importar la minoría de edad, las discotecas se nutrían de jóvenes ansiosos de bailar y beber hasta caer. Y ligar, desde luego. El Magic Circus, ubicado a un costado del desaparecido Toreo de Cuatro Caminos, al norte de la ciudad, era una de las discos de moda más concurridas. El precopeo podía iniciar en el bar de al lado, el Rock Garage, que ofrecía mesas colocadas en remedos de automóviles clásicos (¡lo juro!) y en donde dominaba, otra vez, el ambiente escenográfico. Pero la onda era entrar al Magic, lograr una mesa o una barra donde descansar la bebida y esperar a que el DJ ""abriera pista"".

    El espacio simulaba un circo en el que los pasillos escalonados alrededor de la pista, permitían el circular de los asistentes, en una distribución ideal para caminar con cuba y cigarro en mano, encontrar a los amigos o besar -por decir lo menos- al primero o primera que se prestara.

    Uno de los atractivos del lugar era su impresionante set de luces que a la medianoche estallaban multicolores sobre la pista al ritmo de ""O fortuna"" de Carmina Burana (a estas alturas, un cliché), seguido por un par de segundos de oscuridad y silencio absolutos y los primeros acordes de alguna rola de Tears for fears, A-Ha, Depeche Mode, Eurythmics, Madonna, Michael Jackson o Prince.

    Otra novedad del lugar era que ahí mismo vendían tacos, de modo que no era necesario romper la fiesta o esperar a salir para comer los rigurosos de bistec o de pastor. Entre semana se organizaban las fiestas de coctel, muy exitosas gracias a la famosa barra libre: por una módica cantidad quedaba pagado el cover y todos los tragos que el cuerpo pudiera soportar.

    Un rumor urbano decía que a los hielos les ponían éter con el fin de emborrachar con menos tragos a los atascados. Las madres recomendaban, precavidas, tomar cerveza destapada a la vista. 

    En la noche del Magic no existía todavía el alcoholímetro y predominaba la inconciencia para disfrutar del sexo sin protección. Era un paréntesis de ocio en la atribulada crisis cotidiana, para una Generación X cargada de vitalidad e insolencia, amante del plástico y el artilugio. Así eran los ochenta.