Sobre las ruinas de Puebla

La era liberal - Hechos

Alejandro Rosas

Combatieron durante sesenta y dos días. Defendieron cuadra por cuadra, calle por calle y casa por casa. El paso de las horas ya no era marcado por los relojes de las iglesias o el cotidiano repique de campanas; el tiempo había sido tomado por los obuses que caían dentro de la ciudad o se encontraba en las cargas que el ejército francés lanzaba sobre las defensas mexicanas en Puebla.

     El ejército republicano volvió a batirse con bizarría frente a los veintiocho mil hombres que pusieron sitio a la ciudad desde el 16 de marzo de 1863. La resistencia de los 14 mil soldados mexicanos fue obstinada y cada centímetro de terreno arrebatado por los franceses significó decenas de vidas.

     Por por la escasez de recursos económicos y materiales y por ciertas envidias internas al interior del ejército republicano, las tropas mexicanas no pudieron asestar el tiro de gracia al ejército invasor luego de la victoria del 5 de mayo. Los dejaron vivir, y no sólo eso, sino también permitieron recibir refuerzos que llegaron de Francias.

     Para colmo de males, luego de la muerte de Zaragoza (septiembre de 1862), el Ejército de Oriente fue puesto bajo el mando del general Jesús González Ortega quien decidió jugarse todo a una sola carta, reuniendo al ejército en Puebla para detener a los franceses.

     Las fuerzas republicanos hicieron todo lo posible para defender la ciudad y con la suerte echada dispararon hasta el último cartucho disponible.

     "Los mexicanos pelean como leones -escribió un oficial prusiano enviado como observador. Emplean como calzadas los techos planos, para lo cual hacen puentes entre casas, forzando así a los franceses a tomar casa por casa. Un primer intento de avanzar de esta manera tuvo como consecuencia el que una compañía completa de zuavos fuera hecha prisionera".

     Para los sitiados, el tiempo significó la derrota. Sin posibilidad alguna de recibir suministros de la capital del país -el único intento, llevado a cabo por Comonfort, fracasó-, el general en jefe Jesús González Ortega prolongó la defensa tanto como fue posible, pero el 17 de mayo de 1863 tomó la drástica resolución de entregar la plaza, ordenando al ejército mexicano destruir su armamento.

     Las escenas no podían ser más conmovedoras: "Los soldados comenzaron a romper sus armas contra los reductos, murallas y parapetos -escribió Juan A. Mateos. Algunos lloraban de despecho y hubo otros que se arrojaron sobre sus bayonetas buscando la muerte antes que ver a los invasores hollando con su planta aquellos muros donde estaba aún los cadáveres insepultos de sus hermanos".

     Tiempo después, el francés Emile Ollivier, escribió: "Un pueblo cuyos jefes saben luchar y sucumbir con toda grandeza, no tenía que ser regenerado por una invasión extranjera".

     Sobre los escombros de Puebla en 1863 se alzó la memoria del general Zaragoza. Muchos prisioneros mexicanos lograron escapar y volvieron a las armas, para ellos el sitio de Puebla no era el fin, sino el principio de la segunda independencia de México.