La difícil vida del actor

Artes Escénicas

""Todos en fin, se aborrecen -escribió el cronista Enrique Olavarría y Ferrari-  se insultan, infaman y desacreditan y es el escenario trasunto de desorden, semillero de disgustos, fábrica de intrigas y cúmulo de todas las pasiones, si bien las nobles escasean y las indignas crecen y todo lo invaden… ¡Cuán viejos son estos vicios del teatro!""

El Coliseo de México fue escenario no solo de teatro, maromas  y espectáculos. Entre bambalinas, las pasiones se arremolinaban pasando de las tablas a la vida real. En 1814, Agustina Montenegro una de las primeras actrices más reconocidas de la época (en ese entonces llamadas también primeras damas) fue protagonista de un escándalo cuando su marido apuñaló a una mujer acusándola de ser amante de su esposa.

Este tipo de comportamientos, aunque poco frecuentes, contribuían a que los artistas fueran vistos con recelo por los integrantes de la sociedad o la Iglesia; en teoría debían negárseles los sacramentos y algunos sacerdotes aprovechaban el púlpito para señalar al teatro como algo infernal. Sin embargo, en la práctica muchos de los actores novohispanos recibían todos los beneficios espirituales.

La doble moral se reflejaba también en el público que podía admirar con desmesura a los protagonistas o repudiarlos al grado de insultarlos física o verbalmente. Los espectadores llegaron a lanzar, piedras, restos de comida, pulque y otros líquidos a los actores malos o desconcentrados. Los llamados ""mosqueteros"" acudían armados con bastones o palos para provocar el mayor ruido posible cuando la función no era de su agrado.

Existía un extenso reglamento en cuanto al comportamiento que artistas debían guardar dentro y fuera del escenario. Entre otras disposiciones estaba prohibido agradecer o hacer reverencia alguna al público en respuesta a los aplausos  durante la función ya que se consideraba indigno que ""por el ruido de unos vanos palmoteos"" los personajes presentados perdieran su compostura.

Así como el hecho de que algunas cómicas se instalaran en los descansos de la escalera principal para solicitar limosnas; para regular esta situación se requería una licencia por escrito del Señor Juez en turno quien las concedía únicamente con la anuencia del Virrey.

En el Código teatral, quedaba estipulado que: ""Los actores y particularmente las actrices se presentarán en trajes decentes y con la honestidad que corresponde… sin que sirva de excusa el papel y carácter que se ejecute, sea de gitana, maja o currutaca…""