La noche del 2 de julio

La transición democrática - Hechos

Las cámaras de televisión mostraban un escenario por demás solemne. Junto a la bandera nacional, el presidente de la República con impecable traje negro. A sus espaldas, un enorme cuadro de Benito Juárez parecía estar colocado ahí, en ese momento y en ese lugar, para infundirle valor. Lo necesitaba.

    Poco antes de las once de la noche del domingo 2 de julio del 2000, el presidente Ernesto Zedillo, con el rostro serio         -algunos dirían que desencajado- anunció al pueblo de México, el triunfo de la oposición en la jornada electoral. Tras setenta y un años con un solo partido en el poder, el presidente -eje del sistema político mexicano- reconoció que había llegado a México, finalmente, la alternancia presidencial.

    Su partido le recriminó acremente haber tomado tal determinación -luego lo acusarían de ser el culpable de la debacle priísta. Los viejos ""dinosaurios"" del PRI, se enfurecieron al ver a ""su jefe"", al líder moral del partido ""otorgando"" la silla presidencial a la oposición. Quizá esperaban una nueva ""caída del sistema"", un fraude más sofisticado, el clásico madruguete electoral, o el uso de alguno de los legendarios recursos fraudulentos utilizados para ganar invariablemente la silla. No fue así. Por primera vez en la historia contemporánea de México, el hombre del poder se comportó verdaderamente como un jefe de estado gobernando para todos los mexicanos y no exclusivamente para los miembros de su partido.

    El retrato de Benito Juárez, presente en el trascendental mensaje, no fue producto de la casualidad. El presidente lo utilizó para apoyar histórica y moralmente su actuación. Para la historia de México, indudablemente Juárez representa la legalidad y el respeto a las instituciones.

    Durante el siglo XX, los presidentes del sistema político mexicano abusaron de la figura de don Benito y lo transformaron en simple retórica, en un personaje apropiado para el discurso patriotero. Nunca respetaron su ideario político y mucho menos lo llevaron a la práctica. Sólo fueron leales a una institución: su partido político. Y la ley la aplicaron con la discrecionalidad del monarca.

    A lo largo de su sexenio, Zedillo actuó, por momentos, de la misma forma que sus predecesores. La noche del 2 de julio fue diferente. Con el indiscutible triunfo de la oposición en las urnas y el respeto hacia la ley y las instituciones el fantasma de Juárez volvió a caminar por los pasillos de Palacio Nacional.

La noche del 2 de julio http://youtu.be/p4TV82UVFoo