El fin del mundo: los mexicanos y las cucarachas

La transición democrática - Vida Cotidiana

Cada mil años o al término de un siglo, las ideas sobre el fin del mundo se propagan con alarmante y alarmista celeridad por el orbe. Las reacciones ante la noticia del inminente fin de la humanidad han sido similares a lo largo de la historia: terror, arrepentimiento, necesidad imperiosa de expiar las culpas y actos desesperados de salvación mediante los recursos más desquiciados, incluidos los suicidios colectivos. Pasada la fecha destinada para el fin del mundo, y visto que el Apocalipsis no tuvo lugar, viene el silencio: hoy no, pero sí para la próxima.

    Más allá de las profecías y los augurios, de las ideas milenaristas y finiseculares, ha habido momentos en que la humanidad tiembla ante las señales del holocausto: guerras, hambruna, epidemias, sequías, han provocado la desesperanza. Y, sobre todo, la percepción de que la humanidad se encamina, por propio pie, a su decadencia.

    En el siglo XX, la Primera Guerra Mundial fue el principio del fin. La decepción era evidente: ni con los avances científicos y tecnológicos, la humanidad garantizaba la paz y el bienestar para todos. Al contrario, creaba armas para la autodestrucción.

    Pocos años después, la humanidad reincidió en la Segunda Guerra Mundial. De nuevo se avizoró el fin. La bomba nuclear estalló en Hiroshima y Nagasaki; la destrucción total estaba a la vista. La Guerra Fría mantuvo al mundo a la expectativa cotidiana del holocausto pero, con sorprendente suerte, la vida en la Tierra continuó.

    Y murió el siglo XX y otra vez, nada pasó. Inició el nuevo milenio en aparente calma hasta que amanecimos un 11 de septiembre de 2001. La peor de las pesadillas parecía hacerse realidad cuando, azorado, el mundo presenció el ataque a las Torres Gemelas en Nueva York. Ese era el auténtico fin con todos sus elementos involucrados: fieles vs. infieles, vulnerabilidad de los invulnerables, caos internacional, muerte, terror.

    México parecía vivir esos momentos en forma distante y desincronizada: en 1914 estaba en medio de la Revolución y para 1940 padecía la reestructuración política en medio de una corrupción galopante. La segunda mitad del siglo XX la vivimos en permanente crisis. Y en 2001 nos aferramos al sueño naive de la transición. Pasada una larga historia de resistencia a todo, los mexicanos vivimos el 2012 con la desfachatez de una cucaracha: que venga el fin del mundo que al cabo…