El castigo del exilio

El Porfiriato - Hechos

Ultrajado por la enfermedad, el viejo dictador hacía hasta lo imposible por no desfallecer en su cama.

Sabía que no moriría por el dolor de muelas que lo acometía, peor que la caballería francesa a la que soportó durante la batalla de Puebla, un lejano 5 de mayo de 1862. En aquella ocasión, como dijo Benito Juárez, la sangre mexicana corrió, ""en defensa de la libertad y la independencia nacionales"".

Este funesto día de mayo de 1911, Porfirio Díaz combatía con su propia sangre al enemigo apostado al interior de su cuerpo; atacado por una fluxión en las muelas, todo su ser se concentraba en expeler la corrupción, mientras que su mente, antes fría y calculadora, se batía desesperada por contener al peor de los temores: ""si la sangre lleva o reúne a la serosidad en el cerebro, puede causar el delirio o la calentura inflamatoria"".

Delirante y agotado trató de sostener al antiguo régimen. En cama, uniformado en la fina pijama, la almohada enhiesta en lugar de la espada, sin fusil que sostener salvo el vaso con agua para tragar las medicinas, quienes lo vieron en sus últimos momentos en México, no pudieron más que deplorar su caída.

Así partió al exilio. No abandonado, pues estuvo siempre acompañado por su fiel esposa Carmelita, por su familia y amigos. Y por las muchas cartas de sus simpatizantes, hacendados y empresarios en desgracia, pero también por gente del común, de la clase media y no pocos de los menos pudientes que veían al mandón en la lejanía como quien espera al padre que vuelva a casa.

Rozaba los 85 años de edad viril y lúcido, arropado por las buenas intenciones de sus seguidores y por el reconocimiento de los caudillos decimonónicos sobrevivientes en la vieja Europa, como el káiser Guillermo II de Alemania y el rey de España Alfonso de Borbón.

En su residencia en Francia o en las habitaciones de los hoteles donde se hospedó los últimos meses de su vida (1915), seguía de cerca las noticias sobre la Revolución en México.

No pudo evitar coquetear con la idea de volver a su país con la fuerza del que reconquista; o mirarse a sí mismo y a su gobierno con la conmiseración de quien se sabe incomprendido.

Hasta el último momento lo convenció una idea: ""Ahora siento no haber reprimido la Revolución. Tenía yo armas y dinero, pero ese dinero y esas armas eran del pueblo, y yo no quise pasar a la historia empleando el dinero y las armas del pueblo para contrariar su voluntad, con tanta más razón cuanto podía atribuirse a egoísmo"".

Pero traer sus huesos de regreso -o lo que de ellos quede-, no cambiará el juicio de la historia. Sí cambiará cuando llevemos el estudio de la historia a otros ámbitos, menos prejuiciosos y más objetivos.