Mogul: de la selva al escenario

Artes Escénicas

En el principio hubo fieras. La antigua tradición del circo romano presentaba las luchas entre gladiadores y leones como su atracción principal.

El corazón de los primeros circos latía al galope de los caballos, necesarios para transportar a las compañías y como protagonistas de sus representaciones. En Roma habían participado en las carreras, ahora aventurados jinetes realizaban atractivos números acrobáticos sobre sus lomos.

En 1808, Philip Lailson fundó en nuestro país el Real Circo de Equitación. La crónica de una de sus funciones, publicada en la Gaceta dice: ""No sólo ha presenciado este público la gran habilidad del capitán Don Felipe Lailson en dificilísimas suertes y equilibrios sobre los caballos sino que ha visto que obedeciendo a su voz, ejecutan cosas solo reservadas a la inteligencia del hombre. Un mono vestido de general francés hizo evoluciones y otras cosas raras, este animal sabe escribir e imita la voz del hombre"".

La incorporación de colecciones de animales exóticos para exhibición y demostraciones circenses comenzó alrededor de 1820.  I.A. Van Amburg es el primero en entrar a una jaula de fieras salvajes y en introducir su cabeza dentro de las fauces de un León.

Se cree que el zoológico se agregó como estrategia para disipar los juicios puritanos que algunas iglesias habían sentenciado sobre este espectáculo, por la forma de vestir de las bailarinas, sus peculiares costumbres de convivencia, además de la presentación de enanos y personas con malformaciones. Los empresarios pensaron que incluir animales sumaría un tono educativo que podría ser valorado por el público.

La escuela rusa profesionalizó el arte de domar fieras. Vladimir Durov  elaboró el llamado entrenamiento incoercitivo, basado en el estudio y estimulo del reflejo condicionado de los animales. Los Durov trabajaron con elefantes, leones marinos, osos, hipopótamos, camellos, caballos, perros, zorras, gallos, canguros, avestruces, cerdos, loros, monos y muchos otros animales.

Combinando su creatividad escénica con su capacidad de entrenamiento lograron legendarias actuaciones en donde una paloma podía permanecer sin echarse a volar,  tranquilamente posada en una pistola que se disparaba o un poni que tumbado en la pista no se movía hasta que un elefante ""policía""  lo levantaba con la trompa. Todo esto sin el uso de látigos o palos; con la simple orden de la voz y señas.

Por desgracia, no todos los animales tenían la misma suerte. En 1832 desembarcó en México un elefante. Mogul, fue traído por un europeo con la intención de exhibirlo; obligado a caminar todo el trayecto, fue ostentado con gran éxito en todas las poblaciones de Veracruz hasta su llegada a la capital en donde causó gran revuelo.

Agotado por la larga gira Mogul enfermó y murió un año después. El investigador Julio Revolledo describe como ""Su astuto propietario vendió los colmillos a joyeros, los huesos se limpiaron para armarlos y exhibirlos como esqueleto de un animal prehistórico, cobrando la entrada a dos reales en la calle de Zulueta y su carne se vendió a elaboradores de antojitos"".

Liga de interés:

Jumbo, el rey de los elefantes