¿Buenos vecinos?: López Portillo y Carter

La época de las crisis - Hechos

""Uno por uno -escribió López Portillo- el yanqui es un ser amable. El conjunto los convierte en soberbios"". Tiempo tuvo para medir hasta dónde llegaba la soberbia norteamericana y observar como curiosamente desaparecía ante el color negro del petróleo mexicano.

Si bien al asumir el poder, el gobierno de López Portillo (1976-1982) se había comprometido a gobernar con austeridad y disciplina económica, como lo demandaba el Fondo Monetario Internacional, una vez que las medidas de emergencia para encarar la crisis empezaron a dar resultados, López Portillo decidió cambiar la estrategia y jugar con el ""as"" que escondía bajo la manga de la política económica: el petróleo.

En 1977 se abrió claramente la posibilidad de explotar el oro negro y México se encontró con una oportunidad histórica sin precedentes. El petróleo permitió al gobierno mexicano plantear la relación con Estados Unidos en términos más justos y equitativos. Si la relación de fuerzas entre ambos países se inclinaba hacia Estados Unidos, el petróleo equilibraría la balanza. El gobierno se encontraba de buenas a primeras con un instrumento fundamental para la negociación internacional. Las cifras lo respaldarían: la producción mexicana pasó de 6 000 millones de barriles en 1976 a 72 000 millones en 1981.

Pero la nueva situación incomodó a más de un funcionario en Washington. En términos reales, el gobierno de Estados Unidos no concebía la relación con México basada en la equidad y la justicia, nunca lo había hecho y difícilmente aceptaría un cambio en el statu quo. Más que una buena vecindad, el auge petrolero propició una relación bilateral ríspida y difícil.

Desde el primer año de gobierno empezaron a sucitarse los problemas. En 1977 la empresa Petróleos Mexicanos (PEMEX) logró un acuerdo con seis compañías norteamericanas para abastecerlas de gas natural. Entusiasmado, el presidente López Portillo aprobó la construcción de un extenso gasoducto de 1,350 kilómetros que correría desde estado de Chiapas hasta Reinosa en el estado de Tamaulipas a fin de conectarse con la red norteamericana.

En el mes de diciembre, cuando el proyecto estaba en marcha, el presidente Carter ordenó cancelar el contrato a menos que México aceptara bajar su precio, el gobierno mexicano respondió con la seguridad que le concedía su riqueza petrolera y antes que reducir sus precios, prefirió no venderle nada a los Estados Unidos. López Portillo decidió desquitarse y esperó pacientemente a que el tiempo le diera la revancha.

La visita del presidente Carter a México en febrero de 1979 se presentó como la oportunidad de oro para López Portillo. A la prensa norteamericana molestó el discurso del presidente mexicano al señalar que ""entre vecinos permanentes y no ocasionales, el engaño o el abuso repentinos, son frutos venenosos que tarde o temprano revierte. Nada injusto prevalece sin violentar la decencia y la dignidad.""

Muchos analistas pensaron que el presidente mexicano se había excedido con su homólogo, pero en México el apoyo a la actitud presidencial fue unánime. Mayores fueron las críticas que James Carter recibió en su país por haber mencionado en su discurso la ""venganza de Moctezuma"" refiriéndose a un mal estomacal que lo aquejaba y por no contestar con comentarios más inteligentes lo dicho por López Portillo.  Alguna vez se llegó a decir, que al terminar la visita de Carter a México, el presidente mexicano, musitó orgulloso: ""me lo chingué"".

En 1979 el derrame del pozo petrolero Ixtoc se sumó a la serie de incidentes que aumentaron el deterioro de la relación bilateral. El crudo derramado en el golfo de México alcanzó las costas de Texas afectando principalmente a la Isla del Padre con las consiguientes repercusiones económicas en el turismo.

A pesar de las protestas, el gobierno de López Portillo no asumió responsabilidad alguna argumentando que en el problema de la salinidad del río Colorado los mexicanos se habían visto perjudicados sin que recibieran indemnización por parte del gobierno de Estados Unidos. Washington no tuvo más remedio que reconocer la validez de la argumentación.

En el mismo año otra determinación mexicana molestó a Estados Unidos. En el mes de junio el gobierno mexicano había autorizado el ingreso a territorio nacional del recién depuesto Sha de Irán. Su caída era el preludio de la nueva paranoia norteamericana; con la elevación del Ayatolah surgía un nuevo enemigo de Estados Unidos: el fundamentalismo islámico.

A fines de 1979, el Sha tuvo que viajar a Estados Unidos a una revisión médica, cuando intentó volver a México el gobierno decidió no renovar su permiso migratorio e impidió su ingreso. La justificación fue el temor a posibles represalias terroristas por dar asilo al principal enemigo del Ayatolah.

Washington lo consideró una afrenta y declaró en tono amenazante: ""México no puede contar con nosotros para una cooperación futura en áreas vitales tales como el comercio, mientras corteje a nuestro enemigo... en un asunto tan sensible para los Estados Unidos como lo es la crisis en Irán"". Años después, Echeverría comentaría que se le negó el acceso al Sha porque México no tenía por qué hacerle el trabajo sucio a Estados Unidos.

Objetivamente ninguno había sido un problema tan serio como para deteriorar la relación bilateral, pero siendo una situación inédita en la historia común de ambas naciones, Estados Unidos optó por no reconocer nunca la fuerza negociadora que los grandes yacimientos petrolíferos otorgaron al gobierno mexicano -llegó a ser el tercer cliente comercial de los norteamericanos- y decidió esperar que las circunstancias económicas internacionales desequilibraran la balanza a su favor, lo cual ocurrió en 1981, cuando los cayeron los precios internacionales del petróleo y México entró en una nueva crisis económica.